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2º DOMINGO DE CUARESMA (C)

Como a Abraham, también a cada uno de nosotros, “Dios nos saca fuera” de donde estamos encerrados (sometidos, esclavizados, drogados) por nues­tra falta de fe.

   Se sirve del hambre que tuvo el hijo pródigo o de la sed de la samaritana, cuan­do caminaba con su jarra vacía, tan vacía como su corazón. Como buen pastor que es, Jesús con silbos amorosos nos llama a un cambio, a vol­ver al redil. ”Buscaré las ovejas perdidas, recogeré las descarriadas, ven­da­ré las heridas, curaré las enfermas”. Ezequiel, 34, 16.

   A Abraham Dios le prometió una inmensa descendencia, la de todo un pue­blo salido de sus entrañas, del que nació Jesús, el Salvador del mundo. A nosotros en esta cuaresma “Dios nos saca fuera” del reino del dinero cu­ya ley es la riqueza insaciable, el poder corruptor, el materialismo atroz, la injusticia y la mentira.

   Abraham aceptó con fe la propuesta divina y quedó unido con Dios por una alianza firme. Si nosotros aceptamos la propuesta de Jesús en esta cua­resma, quedaremos unidos con Dios por un lazo más fuerte que la alianza de Abraham: la filiación. “A los que la recibieron los hizo capaces de ser hi­jos de Dios”. Juan 1,12. La fe y el bautismo nos establecen en el estado de hijos.

   Como familia de Dios nuestra ley es el amor que Jesús nos reveló y el que su Espíritu alienta en nosotros. Por él tenemos el sentido firme y global de la existencia, de la vida y de la muerte, de todo. Este amor nos salva y sal­vará el mundo. “Tanto amó Dios al mundo, que entregó a su hijo único, pa­ra que quien crea no perezca, sino tenga vida eterna”. Juan 3, 16.

   El evangelio de este segundo domingo de Cuaresma nos presenta la gloria de Je­sús, el Hijo de Dios, en su transfiguración. Contemplamos en anticipo su glo­ria de resucitado. En él se nos muestra la meta hacia la cual avanzamos por la fe, la oración, la liturgia cuaresmal y las obras de misericordia. És­tas nos introducen en el reino de Dios cuya ley es el amor, fuente de alegría, de solidaridad y de paz.

   Ante esta oferta de Dios avancemos en esta cuaresma hacia la trans­for­mación de nuestra persona. El bautismo nos consagró en este estado de gracia como hijos de Dios, es trabajo nuestro seguir integrándolo libre­mente cada día. Para ello necesitamos entrar en nuestro interior, orar, ali­mentarnos con la palabra de Dios y la eucaristía. Las obras de misericordia nos mostrarán el arraigo del amor de Dios en nosotros. “Él transformará nuestra condición humilde, según el modelo de su condición gloriosa”. 2ª lec­tura.

                                                                      Llorenç Tous