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EPIFANÍA 2016 (C)

Para llegar a la experiencia de la sumisión gozosa a Dios y sellar con Él la de­seada alianza, hay que salir de la propia tierra y peregrinar entre luces y som­bras, escándalos y muertes, desiertos, tempes­ta­des, erro­res y fracasos. Abra­ham encabeza la comitiva. San Juan de la Cruz canta el proceso.

Mucho le cuesta al sol vencer cada mañana a la noche. Más nos cues­ta a los hu­manos abrir los ojos a la fe, a un amor grande y fiel, a Dios. Cues­ta mucho ma­durar, alcanzar la sabiduría y salvarse con el sen­tido que Jesús ofrece y da a la vida. Cada mortal conoce su pro­pia peri­pe­cia interior camino de la verdad y de la paz.

Los magos, sin saberlo del todo, intuían el mensaje de la estrella. Bus­caban a Jesús. Como nosotros hoy entre ideas mezcladas, decep­ciones, du­das y de­se­os. En todo desierto hay espejismos ; también allí dan más luz las estrellas en la noche. Pero hay que adentrarse, arriesgar, man­tener la esperanza y se­guir hacia la meta.

Cada uno de nosotros sigue una trayectoria que desde el cielo se nos mar­­ca, sin nosotros saberlo, pero pudiendo abandonar, rechazar el es­fuer­zo y de­jar de caminar. Muchos por desgracia abandonan y se pier­den la plenitud del gozo o el descanso agradecido.

La pena es que abundan los ciegos porque no quieren ver y los ladrones que nos asaltan en el camino. Menos mal que también existen los buenos sa­ma­ritanos, acogedores de heridos y los fieles hosteleros.

La estrella de cada uno es la voz de Dios, la más fiel y sorprendente en­tre nu­bes y tinieblas. Los beduinos de estos desiertos son miem­bros de una co­mu­nidad inaccesible desde las capitales del poder, que man­tiene viva el don de la profecía y nos grita palabras de Dios.

Los que escuchan estos gritos con docilidad reciben “el lucero de la ma­ñana”, Apocalipsis 2, 28, y siguen a Jesús que dijo: “Yo soy la luz del mun­do; el que me sigue no caminará en la tiniebla, ten­drá la luz de la vida”. Juan 8,1.

Por el simple hecho de haber recibido de Dios la vida, estamos lan­za­dos al cre­cimiento en la fe, la alegría y el amor. De estos tres valores Je­sús nos da el sentido y en ello consiste la salvación, una palabra que a fuerza de repe­tir­se, ha perdido su sentido.

 

Llorenç Tous