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SANTA MARÍA MADRE DE DIOS

“Maestro, que recobre la vista”, (Marcos 10, 51) puede ser una opor­tu­na plegaria para comenzar el año. Nuestros ojos necesitan luz y los del cora­zón, intensa fe.

   Ante la perspectiva presente en el mundo y en nuestra Iglesia vemos cam­bios profundos que nos interpelan, unos con esperanza y otros con preo­cu­pa­ción. El papa Francisco nos señala con su ejemplo y su doctrina un camino ha­cia Jesús y hacia los pobres que no encuentra en todos la aceptación de­sea­da.

   La injusticia escandalosa que estructura el mundo, causa migraciones, muer­tes y dolor inmenso, por esto mismo la luz de la fe nos mueve a la soli­da­ridad,a la justicia comprometida y a la austeridad de vida.

   La información enriquece nuestra conciencia crítica y nos exige sentirnos ciu­dadanos del mundo, responsables también de los demás y de los valores que no podemos consentir que se pierdan. Ante el cansancio de tantos, ve­mos le juventud renovada de otros y la ilusión que también se transluce en la vida de muchos. El hecho es una señal de alerta y un grito de esperanza.

   Los problemas actuales son de tal envergadura que los particulares nos sen­timos abrumados e impotentes. No obstante surgen en muchos sitios nue­vas iniciativass, modestas y sinceras, que van paliando problemas y dolores en otros muchos. La bondad no grita sino que es constante y eficaz, no se can­sa, no se mueve por el éxito, sino por el cumplimiento honrado del deber. El crecimiento de las semillas es obra del Espíritu de Dios en el mundo.

   La ternura emparentada con la misericordia son la meta ideal para empezar este año. Podremos darla en la medida que la sintamos recibida de Dios y go­za­da con amigos, en familia y con quien nos la acepte. La Madre que Jesús nos la dió en testamento, es rica en ella y la viene mostrando con todos sus hi­­jos desde los primeros discípulos de Jesús. “Vuelve a nosotros esos tus ojos misericordiosos...”. Su maternidad que hoy celebramos en el contexto na­videño, confirma nuestra esperanza, viendo como durante siglos y desde ca­­si todos los rincones del mundo, ha escuchado tantas confidencias, ne­ce­si­da­des e ilusiones del pueblo creyente.

   La esperanza es propia de los “probados” según San Pablo, como la del pes­cador que después de muchos temporales , siempre consiguió llegar a puer­to; nunca la tiniebla es tan densa que no aparezca una luz por alguna par­te.

   Además de la esperanza, apuntemos a mantener la ilusión, la de los sabios que, con mucha paciencia la consiguieron. La fe nos enseñará a ver el mundo con los ojos de Dios que siempre perdona y nunca rompe su alianza con sus hijos. Su amor es como un horno encendido que prepara un buen pan. Sor­pren­de, acoge siempre, acompaña a todos.

   La historia es como una red, sus nudos son atascos de la libertad mal usa­da, pero Dios sabe desatarlos o servirse de ellos para atar al enemigo del bien.

   La nueva evangelización se propone presentar a Jesús al mundo de hoy de tal manera que acertemos en el contenido y la manera de nuestro mensaje. An­te todo necesitamos haberle encontrado y llevarlo de alguna manera en el co­ra­zón, luego debemos saber presentarlo a nuestro mundo; ésto es fácil, si an­tes nos hemos dejado poseer por él. A la Madre también le repetimos hoy : “muéstranos a Jesús”, como lo mostró a los pastores de Belén aquella noche. 

Llorenç Tous