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30º DOMINGO ORDINARIO (B)

Desde que nació no conocía la luz, ni la cara de su madre a no ser por el tacto y el timbre de su voz. La acera era su puesto fijo de todos los días y la ocasión de una tertulia de unos pocos vecinos a su lado. Hablando de todo, varias veces surgió el tema de Jesús, que ya tenía fama en el lugar. Aquellos comentarios fueron la primera semilla de esperanza, acariciada cada noche en silencio por Bartimeo. 

Amaneció por fin el día de la Luz para Bartimeo. Muchos seguían al Maestro por aquella misma calle donde mendigaba y con Él su salvación. No podía perderla, de modo que se pone a gritar una y otra vez, suplicando ayuda a Jesús. La gente y los discípulos se sienten molestos, le imponen silencio, pero Bartimeo levanta más la voz repitiendo la misma súplica: “Ten compasión de mí”. 

Jesús, al oírlo, le busca y le llama. Bartimeo echa el manto, da un salto y corre a ciegas o a tumbos, da igual. Un diálogo de pocas palabras por ambas partes y amanece el octavo día, el de la nueva creación. 

Se miran. Despacio. Bartimeo estrena la cara de Jesús, su bondad, el amor y la belleza de todos los colores del mundo. En el centro están fijos los ojos de los dos contemplándose con paz y gozo infinitos. “El Señor es mi luz y mi salvación”. Salmo 27, 1. 

Tendrá toda la vida por delante para descubrir el resto, ahora su mirada se ahonda en los ojos de Jesús como en un océano infinito de gloria; son los ojos de Dios, fuente de misterios y de gozo. 

En un silencio el más elocuente, se comunican un mensaje pascual anticipado: “Esos últimos serán primeros”. Marcos 10, 31. Se abrazan y Bartimeo queda marcado como hijo de Dios que ha recibido el Espíritu, luz del creyente. Necesitará toda su vida para tomar plena conciencia del don recibido. En adelante sólo le interesa dar testimonio de la Luz, sobre todo diciendo a los ciegos que Jesús abre los ojos al que no tiene luz y que la fe en Él cambia toda realidad en principio de salvación. 

Cada vez que damos un paso adelante en el camino de la fe, repetimos la misma experiencia de Bartimeo, si, como él, hemos implorado de verdad su misericordia. Vamos atando más nuestra alianza con Él, hasta que le podamos contemplar sin velos, cara a cara en el cielo. 

Llorenç Tous