Tornar al llistat

27º DOMINGO ORDINARIO (B)

“No está bien que el hombre esté solo”

A imitación de Dios Creador, la vida alcanza su sentido y plenitud por el amor. A imitación de Dios, esta plenitud tiene su fuente y expresión en la comunicación, la cual para que sea posible, necesita sa­lir de si mismo para darse y recibir en paridad.

Como todo arte, se deja llevar de la inspiración poética, que es ofi­ci­na y fábrica de realidades bellas. Soplo de espíritu, eco de un latido di­vino y creación de una realidad iluminada, son tres descripciones que describen el amor. Definirlo ¿es posible?

Se estrena el amor en este mundo al despertar Adán de su letargo y contemplar a su Eva recién tallada. Mucho antes el Creador, con­templando con gozo las obras que habían aparecido al mandato de su pa­labra, “vió Dios todo lo que había hecho y era muy bueno”. Gé­nesis 1,31.

La contraseña que nos abre los misterios del amor son estas pa­labras: “Y dijo Dios : Hagamos al hombre a nuestra imagen y se­me­janza… Dios es amor”. Génesis 1,26; 1Juan 4,16.

Escuela de artistas

Todos los genios crean escuela y discípulos, también el Artista Di­vi­no montó su escuela: la familia. Aquí el amor es el material, pobre y ge­nial a la vez, pequeño e infinito, vulnerable y milagroso; con el se cons­truye el mundo verdadero, sin él todo se monta en falso, pronto ago­niza y muere.

El que tuvo la suerte de conocer a Jesús y seguirle, tiene ventajas pa­ra matricularse en esta escuela. Aprenderá rápido. Pronto creará obras inspiradas, premiadas y ejemplares. Se hará maestro para en­señar a otros el mismo arte.

De generación en generación

Los secretos del oficio aseguran la continuidad frente a la com­pe­ten­cia. Aquí el secreto es de Dios cuando dijo: “No está bien que el hom­bre esté solo”, porque la compañía Dios la ama. Entre Adán y Eva, entre padres e hijos, entre amigos, entre los buenos sa­maritanos y sus compañeros de viaje, todos conjugan el mismo verbo: amar. En todos resuena un eco del Espíritu de Dios; pero cuando el amor no es tratado como Jesús nos enseñó, se convierte en una enfermedad de muerte. Jesús nos salva de esta enfermedad, por­que gracias a Él:”El amor de Dios se infunde en nuestro co­ra­zón por el don del Espíritu santo”. Romanos 5, 5. Con este re­galo podemos cumplir su testamento:”Que os améis unos a otros co­mo yo os he amado”. Juan 13, 34. Cada testigo del amor salva su semilla y le da crecimiento.

Llorenç Tous