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24º DOMINGO ORDINARIO (B)

“Y vosotros, ¿quién decís que soy yo?”

Con nuestra manera de estar día a día en la vida ”decimos quién es Jesús”, si un desconocido, o alguien del que sabemos que vivió hace dos mil años y murió en la cruz según predican en las iglesias o bien Alguien que da sentido a mi vida porque es mi amor y mi Dios. 

No se trata de nombrarle, defenderle o comentarle –todo ello sirve- sino de demostrar con pensamientos, deseos y obras, qué lugar ocupa en nuestro interior, allí donde radica el ser y la vida de cada uno.

Para un cristiano la meta es que Jesús ocupe el centro desde el que se toma referencia global a la vida entera. Quiero decir que sea Jesús como el gran amor de cada uno, el que engloba y potencia todos los demás amores de la vida. O sea, el confidente, el viejo y fiel amigo, el criterio para discernir, la roca de apoyo seguro en las decisiones, consuelo y esperanza firmes, la atmósfera que todo lo envuelve y purifica, la belleza y poesía del alma, rincón de paz única y perenne, áncora y puerto.

En definitiva Jesús es el gran don del Padre a cada uno que nos va salvando entre tantas turbulencias, ilusiones, trabajos y naufragios. 

“Decir quién es Jesús” es algo espontáneo para el que le encontró. Es una actitud o proceso entre dos vanguardias del Reino de Dios, la del corazón desde donde se decide ”tomar parte en los duros trabajos del Evangelio según las fuerzas que Dios nos dé” y la otra vanguardia que se sitúa en las periferias a las que el Papa Francisco nos envía. 

El testimonio se da sin proselitismo, sólo por el peso y el gozo de la verdad conocida e integrada en la propia vida. Entonces no faltan palabras, ni elocuentes silencios, ni coherencia de vida.

El testimonio la oferta de una experiencia con una persona ante la libertad del que mira y escucha. No pretende convencer sino compartir la alegría de un sentido descubierto. No se molesta al no ser aceptado, ni por ello rebaja el mensaje ni deja de creer en él.

 

Llorenç Tous