Tornar al llistat

CORPUS CHRISTI (B)

 

“Esta es mi sangre, sangre de la alianza, derramada por    todos”.
En aquel mundo antiguo, muchos años antes de que un notario diese por válido o auténtico un hecho, existía otra manera de dar validez a un pacto o decisión: la sangre. Si consideraban que en ella estaba la vida de hombres y animales, no había para ellos mejor sello de vali­dez para un pacto, que la sangre. Así quedó firmado válidamente el pac­to de Dios con Israel al pie del monte Sinaí: ”Tomó Moisés la san­gre y roció al pueblo, diciendo: - Ésta es la sangre de la alian­za que hace el Señor con vosotros”.

Aquí radicaba la identidad de Israel cuyo fundamento eran las esti­pu­la­ciones de la Ley formulada en los Mandamientos. La relación que­daba firmada con estas palabras: “Yo seré tu Dios, tú serás mi pueblo”. El amor y la fidelidad unían a Dios con Israel.

No tardó aquel pueblo de dura cerviz en volverse idólatra, pero el amor de Dios, siempre fiel, no descansó hasta prometer y cumplir una alianza nueva, con toda la humanidad de todos los tiempos por me­dio de la vida, la muerte y la resurrección de Jesús.

“Él es mediador de una alianza nueva”.     
La novedad tiene muchos aspectos. Ante todo es una relación de fa­milia con Dios. Por Jesús, el Primogénito, entramos en una familia de mu­chos hermanos, de todos los hombres como hermanos. ”Los hizo ca­paces de ser hijos de Dios”. Juan 1,12.

Si Moisés fue el mediador de la Ley, Jesús ha sido el mediador de la gra­cia de Dios; su abundancia ha superado tanto la alianza del Sinaí, que ahora todos los que hemos recibido con fe a Jesús, somos hijos de Dios. Se ha cumplido la promesa que escuchó el profeta Jeremías: ”Me­teré mi Ley en su pecho, la escribiré en su corazón”. Jere­mías 31,33.

“Todos bebieron. Y les dijo: -Esta es mi sangre, sangre de la      alianza, derramada por todos”.
En general no aprovechamos todos los recursos de vida nueva conte­ni­dos en la Eucaristía. La Misa se ha reducido en los mejores casos a un acto de piedad que identifica a los cristianos practicantes, que, si se cosideran más fervorosos, asisten a ella todos los días.

Sin querer menospreciar esta costumbre, hay que añadir que la eucaristía es mucho más que un acto de piedad personal. Si la Misa actualiza en la Iglesia la Última Cena de Jesús, es la celebración de su muer­te y su resurrección. Nació con la necesidad que tuvieron los pri­meros testigos de celebrar su resurrección; por tanto es una comu­ni­dad unida en la fe y el gozo de su resurrección que llena de alegría la vi­da de sus miembros.

Para no caer en la rutina es necesario llevar una vida interior y una ora­ción profunda que nos permita aprovechar la unión con Jesús re­su­citado que la comunión nos ofrece. Es una contradicción con la na­tu­raleza de la eucaristía asistir por cumplimiento o estar pasivamente sin comulgar; lo mismo que salir de ella sin comprometerse con los idea­les que predicaba Jesús y que le llevaron a la muerte.

La eucaristía es el alimento de los peregrinos de la fe, la medicina de los enfermos en el alma, la fortaleza para los cansados, el fermento de la unión entre los creyentes; es el encuentro más profundo con Je­sús resucitado que tenemos en esta vida, antes de poderle con­tem­plar cara a cara en el cielo.

Los buenos amigos se reúnen para comer juntos. En las familias se celebran con una comida los aniversarios de los acontecimientos que han marcado su identidad. No se concibe una fiesta como tal si no hay una buena comida. La sobremesa es todavía más agradable que la misma comida de exquisitos platos, cuando una vieja amistad une a los comensales, sobre todo cuando han estado separados mucho tiem­po. Durante una comida se preparan decisiones que marcarán un fu­turo y con una comida se celebra su éxito.

En aquellas sagradas y últimas horas de su vida, aunque sus se­gui­do­res no podían comprender todo lo que se avecinaba, al romper el pan, les abrió su alma: “Esto soy yo en persona, haced esto en con­memoración mía”.

Más allá del tiempo y del espacio, en la eucaristía, con todos los que ama­mos y seguimos a Jesús, actualizamos aquel misterio de vida, de muer­te y de resurrección. No del todo, pero un poco más que sus pri­me­ros discípulos, admiramos y adoramos la profundidad y la riqueza de este don: Jesús con nosotros sacramentalmente, alimento de vida eterna.

                                                             Llorenç Tous