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VIGILIA PASCUAL (A)

“Ellas se acercaron, se postraron ante él y le abrazaron los pies” Mateo 28, 9

Necesitamos entrar en la oscuridad de esta noche santa con toda la luz de la fe, para integrarnos en su misterio y gozar de su salvación. Sea el fue­go que hemos bendecido al comienzo, un símbolo de nuestra ardiente fe.

“Por donde es más oscuro, allí amanece”, dicen con acierto los marinos. Es­ta noche que estamos reviviendo es la más oscura, profunda y mis­te­riosa de toda la historia de la humanidad. En ella se dieron cita los dos extremos más contrapuestos y más distantes. El poder corrupto y la fra­gilidad humana de los discípulos, se unieron con la veleidad e ingratitud del pueblo, para cebarse en el Inocente varón de dolores, crucificarle y de­jarle muerto en un sepulcro.

El dolor infinito de su madre, acompañada fielmente de un discípulo y un gru­po de mujeres, creció hasta el límite de lo posible, ante el silencio de Dios. El mal y el pecado tocaron el fondo más profundo posible matando a Je­sús, el enviado del Padre.

Este misterio del mal se abre a la luz de Dios por la resurrección de Jesús en esta noche santa y se transforma en la suprema revelación del amor y del poder de Dios. Nadie supo el momento y la hora del hecho salvador. ¡Qué noche tan dichosa! Sólo ella conoció el momento en que Cristo resucitó de entre los muertos”. [Pregón pascual]. “Muerto el que es la Vida, triunfante se levanta”. [Secuencia]. La fe nos conduce a adorar en silencio agradecido el gran momento, que esta noche guarda celosamente, como el tesoro más grande de la humanidad y de toda la historia.

Escuchemos a san Pablo mientras adoramos el misterio: “A partir de la resurrección, establecido por el Espíritu santo Hijo de Dios con po­der”. Romanos 1, 4. “La muerte ha sido aniquilada definitivamente. ¿Dón­de queda, oh muerte, tu victoria?” 1 Corintios 15, 55. “Donde pro­li­feró el delito, lo desbordó la gracia”. Romanos 5, 20.

 “Dios, rico en misericordia… nos hizo revivir con Cristo… con Cristo Jesús nos resucitó”. Efesios 2, 4-6. En su resurrección Dios nos re­vela la gloria de su Hijo, la grandeza que tiene no sólo para sí, sino para sal­var a todos los hombres. Su gloria consiste en constituirnos en hijos de Dios a los que creemos en él. Juan 1, 12. “Ésta es la noche en la que por to­da la tierra, los que confiesan su fe en Cristo… son agregados a los san­tos”. [Pregón pascual]. “Por el bautismo fuimos sepultados con Él en la muerte, para que, así como Cristo fue despertado de entre los muer­tos por la gloria del Padre, así también nosotros andemos en una vida nueva”. Romanos 6, 4.

La renovación de las promesas bautismales y la profesión de fe son una par­te fundamental de esta vigilia pascual. Constituyen la meta hacia la cual se ha dirigido todo el proceso de conversión de la cuaresma. El sa­cra­men­to del bautismo consagró nuestra conversión inicial a Jesús, después de ser adoctrinados en su mensaje y haber recibido y profesado la fe en Él. Si fuimos bautizados cuando no teníamos uso se razón, habrá tenido que ser un proceso posterior que con más motivo la cuaresma se encarga de propiciar.

Todo nuestro esfuerzo para avanzar en este camino de maduración de la fe, está movido por el Espíritu santo que a través de la Iglesia y de sus sa­cra­­mentos, completa la obra de Jesús Salvador. Sin su ayuda, poco pue­den nuestros esfuerzos; pero sin nuestra libre colaboración, su gracia no sería eficaz. En el bautismo es Jesús resucitado que se hace presente con su gracia salvadora por medio de la Iglesia, en la que somos recibidos como miembros de esta familia de Dios. “Por sola su misericordia nos salvó con el baño del nuevo nacimiento y la renovación por el Es­píritu Santo”. Tito 3, 4.

 

Llorenç Tous