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5º DOMINGO DE CUARESMA (A)

Forma parte de la tradición sinóptica que Jesús resucitó muertos. También los grandes profetas Elías, 1 Reyes 17,17-24 y Eliseo, 2 Re-yes 4,18-37, resucitaron muertos. Lo mismo que Pedro, Hechos 9,32-43 y Pablo, Hechos 20,1-11.

En el A.T. era un signo de la autenticidad de la misión profética; en el Nuevo Testamento se confiesa así la divinidad de Jesús, como superior a los profetas del A. T., pues con un solo imperativo devuelve a la vida. Los dos profetas del A.T. lo tuvieron mucho más difícil. 

Las dos resurrecciones obradas por Pedro y Pablo muestran la continuidad entre la obra de Jesús y la de sus dos grandes apóstoles. En cuanto a la verdad histórica de estos hechos no faltan autores que la niegan, dando otra explicación de estas narraciones. Otros defienden la historicidad de los hechos. En el caso de la resurrección de Lázaro, creo que el evangelista pretende otro mensaje que no es transmitir el hecho como histórico. 

“Yo soy la resurrección y la vida, quien cree en mí, aunque muera, vivirá". Juan 11, 25. Partamos de estas palabras de Jesús pa¬ra entender la intención del evangelista en este capítulo. Todos los sig¬-nos que han sido presentados en este evangelio de Juan, expresan sim¬bólicamente lo que Jesús es y lo que ofrece y da al hom¬bre para salvarlo. En cierta manera hay una progresión en ellos que lle¬ga a su punto culminante en esta resurrección. Estamos ante un texto postpascual, elaborado en función de una enseñanza que el redactor quiere transmitir: “Yo soy la resurrección y la vida”. Es un testimonio teatralizado sobre Jesús y sobre su obra.

“Gritó con voz potente: -Lázaro, ven afuera”

Con este imperativo eficaz salva Jesús de la muerte a sus amigos. Jesús, como todos los humanos, tuvo profundos sentimientos, prueba de ello son las lágrimas que le cayeron ante la tumba de Lázaro y las que le salen hoy día ante tantas situaciones dolorosas, difíciles o mor-tales por las que pasamos los hombres. Jesús lloró ante el rechazo de Jerusalén, ante sus habitantes que pidieron su muerte y rechazaron la salvación que se les ofreció. Lucas 19, 21-44. ¿No sentirá lo mismo ante “el pecado del mundo” que se manifiesta hoy de tantas maneras, con tan terribles consecuencias?

La fidelidad de Jesús a sus amigos, en este caso a los tres hermanos, Marta, María y Lázaro, nos anima a confiar en él en nuestras tribulaciones y muertes. El episodio de este evangelio nos manifiesta la humanidad de Jesús, su sensibilidad, sus relaciones, su necesidad de sentirse en casa para descansar a gusto, apoyado y defendido de sus adversarios. 

“Lázaro, ven”

Ese imperativo es llamada y oferta al mismo tiempo. Repetidas veces en¬contramos en boca de Jesús este mismo imperativo: “Venid y lo veréis”. Juan 1, 38 “Venid a mí los que estáis cansados y agobiados”. Mateo 11, 28. “Ven” a Pedro sobre las aguas, Mateo 14, 29. “Ven” a Lázaro en el sepulcro.

Nuestra esperanza radica en ese imperativo: “Ven”. Porque es un eco del Creador en el principio: “Hágase la luz y la luz se hizo”. Génesis 1,3. Del fondo de la nada saca Dios la vida, el cosmos, la belleza y el tiempo.

Ahora afronta Jesús la muerte sepultada con Lázaro y le manda: “Ven”. Todos arrastramos ataduras y esclavitudes que nos frenan. Una mayor libertad interior nos permitiría volar más ágilmente hacia la plenitud, hacia Dios, con más alegría cerca de los pobres y necesitados.

Si escuchásemos este “Ven” de labios de Jesús a cada uno! La Madre, que le conoce bien, nos repite: “Haced lo que él os diga”. Juan 2,5. Obedecer esta insinuación materna es cumplir el plan de Dios sobre cada uno.

Marta y María resucitaron también con su hermano a una vida nueva, anticiparon la nueva comunidad pascual que comenzó más tarde, el día de Pentecostés. La alegría y la coherencia, junto con la persecución ya no se alejaron de su casa de Betania.

Llorenç Tous