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25º DOMINGO ORDINARIO (C)

“Los que exprimís al pobre” 

Ocho siglos antes de Cristo y en un contexto social parecido al nuestro, el profeta Amós proclama un mensaje que nos ayuda a sos­pechar lo que nos dice Dios ante la situación actual. 

Como hoy en muchos lugares de la tierra, los tiempos del profeta eran prósperos, pero sólo para algunos. La paz reinante permitía los ne­go­cios internacionales de algunos, a costa de la opresión de mu­chos pobres. Estos veían conculcados sus derechos humanos; las injus­ticias sociales, el lujo y el culto falso constituían una realidad de mentira y dolor. El lujo de los ricos les mantenía en la incons­ciencia y su insolidaridad era total, pues sus riquezas eran el fruto de mu­chas injusticias. “Despojáis a los miserables… usáis unas ba­lan­zas con trampas”. 

Leyendo despacio el breve libro de Amós, se descubre el vasto horizonte de su profecía, pues alcanza hasta las relaciones internacionales de los negocios de los ricos. Inspirado por Dios, nos ofrece su juicio sobre la globalidad de la situación. 

Ya entonces los negocios manejaban el ser humano como una mer­cancía más, “compráis por dinero al pobre, al mísero por un par de sandalias”. Obligaban al pobre a venderse por deudas mez­quinas. Hoy es una triste realidad para muchos que sufren explo­tación e injusticia, sobre todo emigrantes y obreros en paro, que no tienen otra posibilidad de matar el hambre a no ser acep­tando jornales y trabajos de miseria. 

Dada la información que tiene hoy cualquier persona de la calle, sabemos que la corrupción del poder y del uso del dinero son como un pulpo opresor, inmenso, cuya cabeza gobierna casi toda la his­to­ria y cuyos tentáculos penetran y ahogan casi todos los rincones del planeta. Sabemos que los poderes financieros no tienen otra ley que la ganancia de los más ricos, cuyas sumas aumentan verti­gino­sa­mente, a costa de de la vida de muchos, de la paz y del bienestar de los pueblos.

Nuestra fe en Dios no nos permite dejar de ser críticos ante “el pecado del mundo”. Nuestra fe nos lleva a la lucha por la justicia, de lo contrario ya no sería fe en Dios. Esta misma fe nos exige co­no­cer a las víctimas, denunciarlas, solidarizarnos con ellas. Esta mis­ma fe nos exige una conversión personal en la manera de vivir, si queremos estar limpios del “pecado del mundo”. Los poderes fi­nan­cieros son como la cabeza de este pulpo cuyos tentáculos ro­dean y ahogan una gran parte de la humanidad. Las riquezas de pocos crecen vertiginosamente, mientras la pobreza de casi todos cada día es más injusta, dolorosa y mortal. 

Para librarnos de este “pecado del mundo” y salvarnos a todos de sus garras, envió Dios a su Hijo Jesús, no para condenarnos sino para curarnos y transformarnos. Jesús instituyó el reinado de Dios que se fundamenta en el amor, la justicia y la paz. Su predicación y su muerte cambiaron la historia. “Con sus cicatrices nos hemos cu­rado”. Isaías 53,5. Nos ha dado su Espíritu santo gracias al cual sus discípulos podemos ir venciendo “el pecado del mundo” y di­la­tando el reinado de Dios en los corazones y en el mundo. 

   El Espíritu de Dios suscita también hoy movimientos proféticos    que desde su pequeñez, constancia y creatividad son testigos del amor de Dios y de su presencia salvadora. No nos frene su modestia ni su novedad a la hora de participar y apoyarles. Son como la sencilla paloma con un ramo de olivo que anunció a Noé que la tierra ya era habitable, también ellos inauguran “un cielo nuevo y una tierra nueva en los que habite la justicia”. 2 Pedro 3, 13. 

                                                      Llorenç Tous