Tornar al llistat

24º DOMINGO ORDINARIO (C)

“Ese acoge a los pecadores y come con ellos”

La actitud de Jesús ante los excluidos de la sociedad sigue siendo tan revolucionaria hoy en día como en su tiempo. Desde mi expe­riencia yo la considero difícil de imitar. Los que hemos sido edu­ca­dos en una familia y una fe que podríamos llamar “ordenada” dentro de lo que cabe, hemos recibido la idea del “orden” que se sustenta en Dios Creador. Toda la creación sigue un ritmo y unas leyes que ha­cen posible su existencia; en ella todo está regulado por un siste­ma que hace posible la existencia y la concatenación de todas las par­tes. De ahí que este Dios Creador es el garante de todo lo que los humanos concebimos como “orden”.

 Todo se fundamenta en “Dios que premia a los buenos y castiga a los malos”. Éste es el principio de la justicia que llaman dis­­tribu­tiva: “a cada uno lo suyo”, o sea, premio a los buenos y cas­tigo a los malos. Muchos que se tienen por buenos cristianos, re­ac­cionan an­te los marginados, desde esta idea del “orden”.

Jesús se encontró también con la oposición de “los buenos” de su tiem­po. Ellos abrían de buena gana las puertas del templo a los que se arrepentían de sus maldades, pero no a los pecadores que no da­ban muestras de arrepentimiento.

“Los buenos” suelen estar dispuestos a ayudar generosamente y con celo apostólico a la conversión de “los malos”, para que vuelvan al buen camino en el que ellos se consideran expertos. Jesús nos ha re­­velado hasta dónde llega la misericordia del Padre. Sus entrañas se conmueven ante la miseria humana y le llevan a reaccionar “es­can­dalosamente”.

En esta actitud rigorista o “celosa” de “los buenos”, hay una dosis de mentira, porque muchas veces su bondad no resiste la prueba y porque en el fondo muchas veces es tan hipócrita como la de los fariseos contemporáneos de Jesús, a los que él llamó “sepulcros encalados… llenos de huesos de muerto”; estos “buenos”, puestos en la realidad de la mayoría de los marginados, no habrían superado tampoco la prueba.

La orgullosa mentira de nuestra sociedad o de nuestra persona nos la descubren los marginados, cuando podemos conocer a fondo su historia.

El nuevo rostro del Padre nos lo muestra Jesús acogiendo a “los ma­los y comiendo con ellos”. No les exigía su conversión y, sin em­bar­go, mantenía con ellos la amistad. Comía escandalosamente con ellos para demostrar que pensaba seguir a su lado de por vida, tal era el sentido de aquellas comidas. Además de tales gestos, con re­pe­tidas parábolas defendió su actitud.

Todos los obreros de la viña recibieron el mismo denario, sin mirar la diferencia en el trabajo. Mateo 20, 1-16. El pastor dejó to­das las otras ovejas para recuperar la que se le había extraviado. Lucas 15, 4-7. Niños, leprosos, mujeres, locos, enfermos, ladrones, etc. forman u n nutrido colectivo de “excluidos” que confirman ple­na­mente esta verdad que podemos resumir con estas palabras: Dios no sólo es el Creador del Universo, sino el Salvador de to­dos y ca­da uno de los hombres; para eso nos ha enviado a su Hijo.

Pasar de la imagen de Dios Creador a vivir según la fe en Dios Sal­vador con todas sus consecuencias, requiere un cambio liberador pa­ra el que nos ayudan mucho los mismos excluidos de la sociedad; pe­ro a condición de compartir tiempo y servicios a su lado, hasta co­nocer bien sus historias. Ellas juzgan nuestra mentira, la co­modidad, la incoherencia, nuestros egoísmos, orgullos, etc. Nos lo di­cen sin proponérselo, basta verles de cerca y escucharles.

Este proceso de cambio es un camino hacia el amor sincero, el que se parece al amor del Padre que se nos ha revelado en Jesús de Na­zaret. El que avance en esta senda, se prepare para ser muy feliz y muy amigo de Jesús, sin contar los muchos amigos vivos y muer­tos que enriquecerán su vida.

                                                   Llorenç Tous