Tornar al llistat

23º DOMINGO ORDINARIO (C)

“El que no renuncia a todos sus bienes

no puede ser discípulo mío” 

Todas las criaturas viven referidas a su Creador y expresan su glo­ria; todos los salvados, lo sepan o no, lo deben a Jesucristo, el Sal­vador del mundo. Ésta es la verdad y la justicia que garantizan el fun­damento del orden; quien prescinda de este fundamento, edifica so­bre arena tanto en la propia persona como en la sociedad. Otras le­yes particulares complementaran la obra, pero sin poder pres­cin­dir de la verdad fundamental, asiento de la justicia, sin la cual el pro­yecto estaría destinado a la ruina. 

En nuestro mundo sin mapa ni brújula, estas afirmaciones son para muchos, palabras en el desierto, en cambio para los que bus­can el buen camino, son la meta deseada, la luz que disipa sus tinieblas. Para ellos Dios es el Primero en todo y Jesucristo, el ca­mino. No se trata de un despotismo opresor, sino del Padre de las misericordias. 

No se pueden quemar etapas cuando realmente queremos alcan­zar la meta, pero tampoco se puede rebajar la verdad, si no que­remos errar el camino. Jesús, nuestro Salvador, se muestra inso­bornable y un poco violento al proclamar la verdad del Padre. Venció personalmente las tentaciones del Maligno antes de co­men­zar su predicación, por eso no puede traicionarse a si mismo. 

La radicalidad del evangelio de hoy, tan exigente a primera vista, ¿se­rá sólo para unos pocos? 

El evangelio de Jesús es salvación para todos. Decir salvación sig­nifica ser el sentido de la vida de todos y de todas las cosas. O sea, que no se pueden rebajar las exigencias de Jesús a la hora de pro­­gramar la vida, si queremos entender su sentido. 

Antes de escuchar las exigencias del evangelio, hemos de tener cla­­ro que nadie deja nada por dejarlo, a no ser que descubra en ello al­guna ventaja; y aquí entra el papel de la fe. Guiados por ella, des­cubrimos otros valores, otro sentido de la vida y de la realidad, que nos plantean la ventaja de lo que Jesús define como “renunciar a to­dos los bienes”. Entendido así el tema, resulta que la llamada re­nuncia en realidad es una ven­taja. Como no abundan los que viven en profundidad la Buena Nueva de Jesús, su men­­­saje no llega a perder para mu­chos, el aspecto de violencia con­tra natura, cuando en rea­lidad es una propuesta libe­ra­dora que po­ten­cia todos los va­lores po­si­ti­vos en el creyente y en la so­cie­dad. 

Creyentes y no creyentes, nadie se liberara del esfuerzo cuando aspiramos a metas alt­as. Nadie madura en un día, tam­poco los árboles. Ninguno de los mortales descubrimos de golpe la luz, todo amanecer es lento. De ahí que el error o al menos el tanteo, forma parte del camino. A esta realidad tan hu­mana, la bondad y la com­prensión de Dios se adaptan per­fectamente. Jesús nos lo di­jo claramente. 

En todos los tiempos el Espíritu santo ha revelado a los “pequeños” las maravillas del amor. Ellos entendieron las exi­gencias de Jesús como fruto del amor y fuente de crecimiento en felicidad. El testimonio de su vi­­da lo mostró por encima de toda lógica; su alegría sigue con­tagiando las gentes de nues­tros tiempos.