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6º DOMINGO DE PASCUA (C)

 

Comentario al evangelio: Juan 14, 23-29 

“El Espíritu santo, que enviará el Padre en mi nombre, será quien os lo enseñe todo y os vaya recordando todo lo que os he dicho”. 

En la Última Cena con los suyos, Jesús les preparó para el tiempo después de su muerte. Son los tiempos de la Iglesia en los que el Padre, el Hijo y el Espíritu santo están obrando la salvación en las comunidades cristianas esparcidas por el mundo. 

El Espíritu santo desde la Iglesia nos conduce hacia la verdad plena avanzando a nuestro lado año tras año. El bautismo nos incorporó a la Iglesia de la que Él es el alma que da sentido a nuestra historia, la de cada bautizado y la de toda la Iglesia. “El Espíritu de la verdad os guiará hasta la verdad plena”. Juan 16, 13. 

 Dado que el bautismo no es un simple acto social, sino el sacramento por el que hemos resucitado a una vida nueva en seguimiento constante de Jesús, este proceso es una experiencia del amor de Dios en el día a día. Sus magníficas sorpresas alegran la vida y alimentan la esperanza, como “el correr de las acequias alegra la ciudad de Dios”. Salmo 46,5. 

Las inevitables crisis personales, necesarias para crecer y madurar, van corrigiendo la dirección del camino y purificando la meta. 

La historia contemporánea convoca la fe a un examen. Los cambios sociales la emplazan a renovarse como fermento en el mundo. La historia, como portadora de los signos de los tiempos, interpela nuestra fe y provoca respuestas al estilo de Jesús pero no con sus misma palabras, sino con las que el Espíritu sugiere.”No sois vosotros los que habláis, sino el Espíritu de vuestro Padre hablando por vosotros”. Mateo 10, 20. Ésta es la manera como se enriquece y amplía el conocimiento del mensaje de Jesús en la tradición viva de la Iglesia. La creatividad encuentra aquí su fuente, en el don de sabiduría y de consejo que regala el Espíritu a la comunidad que lo necesita y se lo pide. 

Los accesos al mundo del Espíritu están en nuestro suelo vital, como la escala de Jacob. Su huída, la ira justificada de su hermano Esaú, el sueño del inconsciente, el riesgo asumido, el encuentro y el amor de Raquel son rasgos bíblicos que de alguna manera se reproducen en el camino hacia la verdad plena con la compañía fecunda del Espíritu santo. 

Testigos de este Espíritu de amor son los santos de cada día, nuestros vecinos. Sus obras estimulan, iluminan, dan esperanza y despiertan  la fe de muchos. Con ellos constituimos la Iglesia de Jesús, aunque no todos seamos santos. “Entre nuestra constancia y el consuelo de las Escrituras, mantengamos las esperanza”.  Romanos 15, 4. 

El Espíritu obra entre nosotros por medio de sus testigos: los que creen en la verdad y la defienden, los que creen en la justicia y la promueven, los que creen en el amor y lo gozan, los que tienen esperanza y la contagian, los que viven la felicidad de sentirse amados por Dios y se les ve alegres, los que se saben perdonados y perdonan, los que son sensibles a toda belleza y enseñan a saborearla.