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31º DOMINGO ORDINARIO (B)

“Amarás al Señor, tu Dios con todo tu corazón… amarás a tu prójimo como a ti mismo”.

El tema de este evangelio tiene el peligro de llevarnos a teorizar bellezas que complacen la reflexión, sin comprometer la vida. Fácilmente podemos es­quivar este peligro comenzando por aplicar la segunda parte: el amor al pró­jimo. La situación del mundo de hoy nos ofrece una excelente pista pa­ra correr en su búsqueda pues los prójimos necesitados de amor están en ca­da palmo del camino y en cada hora del día.

Hablar de Dios a los hombres es el mejor regalo de amor que podemos ha­cer al mundo. Es evidente que este amor nos llevará a llenar también el es­tó­mago del que tenga hambre. Pero seguramente que más hambre ten­drá aún de encontrar sentido a su vida; entonces el testigo de Jesús que ha sido poseído por Él, al darle pan, saciará su sed de Dios con la es­pe­ran­za que testifica su vida y con las palabras de fe que el Espíritu santo pone en boca de sus testigos.

Ésta es la trama profunda de la red con la que los apóstoles salvan de este mun­do perverso, injusto y doliente a los hombres que se deciden a creer. Los pescadores de hombres que Jesús sigue enviando al mundo forman una comunidad, pequeña y pobre, que en medio de tanta tempestad e im­po­tencia, experimenta también lo que san Pablo escribió:”No me siento fra­ca­sado, pues sé de quién me he fiado”. 2 Timoteo, 1, 12.

La unidad entre el amor a Dios y el amor al prójimo se anuda en Jesu­cristo, cuando el creyente ha conseguido creer en la resurrección del Vi­viente, Jesús de Nazaret. La oración contemplativa de la Palabra nos pre­pa­ra para recibir este don del Espíritu santo que san Pablo enumera como el primero de sus frutos en Gálatas 5, 22.

A continuación de esta fe que nos introduce en el bautismo y por él en la Iglesia, comienza la vida del cristiano que superó la infancia espiritual y comienza la del testigo. Jesús resucitado es nuestro hermano que nos introduce en la familia del Padre; él es guía y camino, compañero de viaje y dador del Espíritu.

Los que por el bautismo somos hijos de Dios gracias a Jesús, nuestro hermano mayor, podemos iniciar un proceso que nos introduzca en el amor de Dios como residencia habitual del ser y del vivir de cada día. Por atre­vida o difícil que pueda parecer esta meta, no sólo es posible, sino ne­ce­saria para alcanzar la madurez cristiana.

El primer paso de este camino consiste en conocer a Jesús, el camino ha­cia el Padre. Se le conoce leyendo con piedad los evangelios y estu­diándolos con buenos libros, al lado de guías expertos y saboreándolo to­do en la oración. Hoy como siempre conviene liberarse de los filtros inte­re­sados que tergiversan la figura de Jesús, sobre todo a la hora de actua­lizar su mensaje. Los amigos de Jesús se conocen por la manera como ha­blan de él y por el sentido que ha dado a su vida; son sus testigos conta­giosos.

A partir de esta fe en su resurrección, integrada por la oración en la vida de cada día, surge el amor al Glorificado. Entonces amamos a Jesús de ver­dad, en concreto y personalmente. El amor de Jesús centra la vida, la unif­ica, la ilumina, la compromete seriamente con su evangelio y por tanto con el prójimo pobre sobre todo, pero también con el rico. Jesús resu­ci­ta­do da sentido a la vida, a la historia personal y colectiva, a la muerte y a la eternidad.

El Año de la Fe tendrá que educar el camino del creyente hacia esta fe en la resurrección de Jesús para orientar la vida, la muerte y la resurrección de nosotros. Ojalá muchos se beneficien de este planteamiento funda­mental.

El amor de Jesús integra y enriquece con nuevos horizontes todos los otros amores del corazón humano. En la familia, entre los amigos, en el mun­do de responsabilidades, empresas y profesiones; todo lo que es hu­ma­no Jesús lo sanea, lo dignifica y lo potencia. Se equivocan los que le mi­ran como principio de represión o sacrificio, pues la salvación de Jesús só­lo va contra lo que es malo para la felicidad del hombre. Cuando alguien cree lo contrario es porque no conoce a Jesús. Dios es principio de feli­cidad para el hombre.

Llorenç Tous