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Como preparación a la Pasión, puede ayudar una introducción honda a la forma genuina de contemplar la pasión. Pero sí que es incompatible, a la práctica, con otras formas —legítimas— más doloristas y fijadas en el motivo de la sangre. Es una forma distinta y que tiene sus grandes ventajas para la vida diaria —por eso se trata en ejercicios— e incluso sus ventajas, en nuestro mundo, para hablar del sufrimiento y la cruz.
Nos entienden muchas veces (y tenemos que insistir que no es correcto) que tenemos un Dios al que le gusta vernos sufrir y que la forma de ganarse el cielo es sufrir. Medio en broma, decimos: «todo lo bonito en la vida engorda o es pecado». Parece que Dios llama «pecado» a disfrutar. No solemos decir eso (y si alguna vez lo hemos dicho, creo que ya estamos lejos de ello), pero en parte les damos pie a ello presentando una pasión que en lugar de llegar al centro, al núcleo de lo que es la pasión, se queda en la periferia, en lo accidental, en lo externo. Hay películas recientes que disfrutan diciendo que la Pasión son mucha sangre y caídas. Eso no es la Pasión. Eso es coger el rábano por las hojas.
El gran inconveniente de presentar la Pasión de una manera cruenta, como gusta hoy a la gente, es que no se llega al fondo. Te bloqueas emotivamente y no llegas al fondo de lo que es la Pasión. Y entonces vale la pena recoger eso que hacen los evangelistas, que no pierden una línea ni una palabra en los temas cruentas. Los despachan con una palabra, no quieren detenerse en ellos: «Lo azotaron. Lo crucificaron». No pregunta cuántos azotes ni cuántos clavos. Ni cuánta sangre salió. Eso no es el tema. Va más lejos el Evangelio. Y los ejercicios, de alguna manera, van a lo mismo: nada de aspectos cruentos. Vayamos a lo esencial. Porque quedándonos en el dolorismo sabemos que impide llegar más hondo. No es que sea malo, pero bloquea la emoción de tal manera que no puedes llegar a lo esencial.
Aprender a vivir las injusticias de la vida, las negatividades. A eso va la Pasión. En la vida no todo es cuestión de tener una teología bien completa, que quizá la tenemos, sino de tener las vivencias bien oradas, porque a todos nos sale lo que oramos.
Entonces, la propuesta es orar la Pasión. Buscamos la experiencia teologal de la Pasión de Jesús. No sólo la explicación teológica. La vivencia.
El esquema ignaciano está totalmente sacado del Evangelio, y está centrado en poder sacar provecho (consecuencias) para la vida de cada día. La Pasión no es una cosa que pasó, sino una lección para mí para ahora. Para recordar que todo planteamiento de ejercicios es imitar y seguir. Conocimiento interno para mejor imitar y seguir a Cristo. Si las circunstancias en las que veo a Jesús no le encuentro paralelo a las mías, nos quedaremos admirando una realidad que quizá la saquemos de la realidad: tendremos un Dios sádico que le pedía a Jesús una cosa que no nos pide a nosotros: sangre. Eso es una blasfemia inconsciente, pero la hemos hecho alguna vez.
Así, si dejamos la Pasión sin relación con nuestra vida, sin que sea imitable, deja de tener relevancia para nosotros. Es, entonces, una escena asumida donde es casi imposible encontrar paralelismos con la vida propia no tiene sentido para una contemplación que quiere imitarle y seguirle. ¿Cómo puedo imitarle? ¿Dónde encuentro yo una realidad que me lleve a lo mismo que sufrió él? Por otra parte, se nos acusa —a lo mejor con un poquito de razón, pero no universal— a los que contemplamos y meditamos la Pasión que cuando nos llega en la vida una situación dura o injusta —proveniente de los de casa, que es de los que nos duelen realmente las injusticias: una traición de los amigos, un abandono de la gente que debería estarme agradecida, una mentira contra mí…— no sabemos reaccionar, o incluso justificamos una reacción anticristiana: devolviendo el golpe, manteniendo el enfado toda la vida, «esta persona nunca más verá mi sonrisa», si puedo se la devolveré, me dedicaré a hablar mal de esa persona, no olvidaré…
Entonces, ¿para qué es la Pasión? Si la Pasión lo que pretende es enseñarnos a vivir las negatividades de la vida. ¿Para qué seguir diciendo que Jesús es mi modelo si sólo lo tomo en las opciones fáciles de la vida? En los apogeos de la vida. Pero no encuentro paralelismo, aplicación inmediata —provecho, en el lenguaje ignaciano— cuando me hacen una injusticia. O no encuentro lección que sacar cuando los amigos me traicionan, o la gente se olvida de mí o no me agradece. O cuando los poderosos mienten y uno sufre esas mentiras. O cuando se juntan todos de alguna manera contra mí. ¿Qué lección hay para esos momentos? Jesús no puede ser una lección para los momentos cómodos. No lo es ni Jesús pretendió serlo. Precisamente en los momentos más difíciles de la vida, que piden devolver bien por mal, si no miramos la Pasión, ¿de dónde lo sacamos?
Muchas veces, quizá sin querer, lo único que han podido sacar de la Pasión es cómo ganar puntos ante Dios: sufrir para ganar puntos. Eso no concuerda con la imagen de Dios que tenemos. Eso, más bien, la estropea. Si a Dios le encanta que sufra, ¿dónde está su papel de padre y de creador? Toda esa desvirtuación del sufrimiento, que ha sido causante de tantos ateísmos puntuales o definitivos, que no nos dañe y nos ayude a contestarlos.
San Ignacio pone tres consideraciones en cada misterio de la Pasión, que pasaré a desarrollar. De tal forma que cuando se mire la Pasión en una visión concreta, los tres planteamientos tienen que estar presentes. Los que vengan después, benditos sean. Los tres juntos son los que constituyen la manera de mirar la Pasión sacada del Evangelio.
Las tres perspectivas son:
Lo que se contempla no es el sufrimiento, sino el amor de Jesús, que es más fuerte que el dolor. Así se explica que la Pasión haya dado consolación a lo largo de la historia a muchos miles de personas. El sufrimiento no daría consolación, no salva, ni siquiera el de Jesús. Lo que pasa es que nuestra manera de hablar de la Pasión lleva un implícito que tal vez se tendría que explicar hoy en día. El P. Congar pone un ejemplo muy claro: Cuando alguien dice «dame un vaso de agua» o «estoy soñando con tener un vaso de agua» ya se entiende que estamos refiriéndonos al agua fresca que hay dentro del vaso. Si alguien interpretara las palabras de manera literal y me trajera un vaso —el cristal— se lo tiraría a la cabeza: «Esto no es lo que yo pido». A veces hablamos del continente para hablar del contenido. Dice el P. Congar que exactamente hacemos con la Pasión. Cuando hablamos del sufrimiento, en realidad nos referimos a la manera de vivir el sufrimiento de Jesús. Porque un sufrimiento que provocase amargura no serviría para nada a nadie. El sufrimiento amarga es una desgracia más. El sufrimiento que no consigue tumbar el amor que lleva dentro me está hablando de cuán fuerte es el amor. Éste sí que nos redime, nos salva, nos consuela. Como toda persona sabemos entender que no es lo mismo decir «perdona a tus enemigos» en el monte de las Bienaventuranzas —un espacio idílico— que decirlo en la cruz. El mismo mensaje en la cruz vale más, porque está demostrando que es más fuerte que el sufrimiento que recibe. El sufrimiento es únicamente la medida del amor. Eso explica que a lo largo de la historia un motivo de consolación es la contemplación de la Pasión. Porque lo que nos transmite es el mensaje de que nada puede con Él. No hay forma de quitarle ese amor. Es capaz de callarse. El silencio de Jesús está explicando cómo no ponerse a la altura de la injusticia recibida. De hecho, el silencio de Jesús es explicado por todos los Evangelistas: «Se calló». Y así no suele morir la gente que recibe injusticias. En ese momento está indicando que no pretende devolver mal por mal. Un Jesús que en ningún momento de la Pasión deja entrever una frase de amenaza o de castigo… ¡Y en vida las ha dicho! Pero en la Pasión, los Evangelistas no admiten ninguna confusión. En la cruz, hay palabras para el buen ladrón, pero no para el malo. No cabe decirle: «Tú te lo pierdes, por recalcitrante». Los apócrifos disfrutaban diciendo que el que le daba un golpe a Jesús se quedaba con un brazo seco. En la Pasión de los Evangelios Canónicos no se dice eso. Caifás no se lleva ninguna amenaza o excomunión de Jesús. Hay una mantenida postura en la manera de recibir el mal, que es no devolverlo en la misma dirección: o devolver el bien o el silencio.
Lo que se nos va a pedir entonces es sintonizar con Jesús en un día que está lleno de tristeza y amarguras y verlo cómo lo vive él: no provoca la «devolución» de la amargura por los golpes que recibe. La Pasión es la forma que tenemos para aprender a vivir bien sin rompernos las injusticias de la vida, las soledades, el desagradecimiento, las mentiras de los poderosos… y la muerte. Y aprender a vivirlo bien, sin perder el amor. Eso es la Pasión.
Mirando a quien queremos imitar, debemos preguntarnos cómo lo hizo. Porque nadie en la vida —y esta lección es útil— se librará de un cupo determinado de injusticias vividas en carne propia, de soledades, de traiciones… Se trata de enseñarnos a actuar en aquello que nos toca pasar. Porque somos libres y por la pura ley de probabilidades es imposible que no caiga una injusticia sobre ti. La tristeza es que teniendo la Pasión en los labios todos los días, llega una injusticia y parece que echemos por la borda la paz anterior y todo el seguimiento de Jesús.
¿Dónde está la Pasión, entonces? No se trata de ser mejor que nadie, pero ¿qué sacas tú de la Pasión sino la forma de reírte cuando te hacen una injusticia? O de seguir sonriendo y devolviendo bondades. ¿Qué sacas de la Pasión?
Una imagen que puede ayudar sería equivalente a una excursión por la montaña con un guía bueno, que nos ha ido mostrando diferentes situaciones de la montaña (césped, sombra, agua) y otros momentos, los más aburridos (sol, sed…). Pero va enseñándonos cómo subir por la montaña porque queremos llegar arriba. Y antes de llegar arriba, hay un paso peligroso, donde te puedes despeñar. Y el guía, entonces, te dice: «Siéntense ustedes y verán cómo paso yo. Puedo pasar diez o quince veces y aprendan dónde se puede poner el pie o evitar ponerlo. Porque todos ustedes deben pasar detrás». Y la forma de tranquilizar al grupo de montañeros inexpertos que vamos detrás es pasar una vez más. Así, recordando cómo lo ha hecho el guía, pasaremos más seguros.
Esa es la contemplación de la Pasión. Mirando lentamente y aprendiendo de memoria cómo vive Jesús estos momentos… Seguramente en una proporción diferente. Todas esas situaciones negativas piden más que los agradables un maestro, un guía, una persona que nos enseñe a vivirlo bien. Porque eso se puede vivir despeñándose o haciendo que el amor triunfe en nosotros. De tal manera que nada pueda acabar con el amor en nosotros. Y esa imagen de seguimiento a Jesús se mantenga. Y el agradecimiento a Jesús se multiplique: «Me sirves para los días soleados y para los días de peligro». La Pasión es la lección para estos últimos días, y sin palabras: con hechos. En la vida lo que cuentan son los hechos. Si las palabras refuerzan los hechos, bien. Pero si las palabras van por un lado y los hechos por otro, todos decidimos que la verdad son los hechos. El resto es cinismo, hipocresía.
Jesús ha hablado de devolver bien por mal. Y si en la Pasión no lo hubiera cumplido, las palabras quedarían desautorizadas. No es casualidad que la primera generación de cristianos escribieran en primer lugar la Pasión. Y 30 o 40 años después decidieron escribir el resto del Evangelio. Les parecía que la Pasión, donde casi no hay sermones de Jesús decía y predicaba mucho más que el resto. Ahí estaba todo. Más tarde vieron que podía ayudar y completar escribir el resto.
Segunda perspectiva: La Pasión se contempla siempre y sólo desde la resurrección. Nunca prescindiendo de ella. No tiene sentido el juego mental de intentar olvidar la resurrección por un momento. La Pasión, sin la resurrección, no está iluminada. Hacemos oración y buscamos a Dios porque hubo resurrección. Desde el que sabe que Dios contestó a aquello. Desde el que sabe que las comunidades cristianas contaban la Pasión desde una perspectiva nueva. Porque pasiones en la vida ha habido y habrá muchísimas. Pero la de Jesús ilumina porque luego está la respuesta de Dios. Entonces, si después hubo respuesta positiva de Dios, ¿por qué dejó pasar por ahí? Aquí está el núcleo de la resurrección. ¿Por qué era necesario pasar por ahí? No haríamos oración ni haríamos centro al nuestro misterio pascual si no tuviera segunda parte. Sólo la primera parte del misterio pascual no es redentora. Es cruz, muerte y resurrección.
En resumen, desde el conjunto de muerte y resurrección te paras a mirar la Pasión. Por tanto, obliga a hacerse con la serenidad —que no fiesta— de quien ya lo ve desde la resurrección. Miramos un día duro pero con paz, con serenidad. Ponemos la moviola marcha atrás y nos preguntamos: «A ver qué tenía que aprender yo ahí». Porque instintivamente preferimos olvidarlo. El resucitado consuela a sus amigos recordándoles el Viernes Santo. Era necesario, por tanto. Y la pregunta de todos los cristianos es: «¿Por qué era necesario?» ¿Qué tengo que aprender yo? No sólo la doctrina cristiana, sino yo.
Entre las muchas formas posibles, San Ignacio dice que Dios se esconde en la Pasión y después afirma que Dios parecía esconderse. Mirad qué significa «Dios se esconde» —el famoso silencio de Dios, origen de todos los ateísmos de la historia, coyunturales y permanentes. Entonces, la manera de decirlo de San Ignacio es muy gráfica. Dice: «Dios se esconde». Es decir, pudiendo destruir a sus enemigos no lo hace. Y deja padecer cruelmente a su hijo. Y la pregunta que nos hacemos es: ¿Y por qué tendría que destruir a sus enemigos? Y si somos un poco honrados responderemos que eso es precisamente lo que haríamos nosotros. Si yo quisiera evitar una injusticia, mi única forma sería matar al verdugo. No tengo otra forma. Sobre todo cuando las cosas son inmediatas y no hay posibilidad de darle un cursillo de rehabilitación. Nuestra forma de hacer las cosas es destruir al verdugo, es decir, fijáos: ¡Hablamos de «silencio de Dios» cuando Dios no hace lo que yo haría! La presuntuosidad humana es grande. Cuando Dios no reacciona como yo, o cualquier persona parecida a mí lo haría, decimos que Dios se calla, que a Dios no le importa o no está. Toda la contemplación de la Pasión será marcar la diferencia con esa apreciación primera. «Parecía esconderse, por eso me equivoqué». Pero ahora se muestra en los efectos de la resurrección que vivimos. Vivimos los efectos de la resurrección, no el contentamiento que le dio a Dios ver la Pasión. Estos primeros son los que nos han marcado a lo largo de la historia.
Mirar la Pasión es ver el silencio de Dios que rompe mi lógica, pero que no es silencio. Además, en la Pasión se nos pide que miremos a Jesús. María entendió aquel día la palabra del Padre en el silencio de Dios. Jesús no muere renunciando al Padre, ni mucho menos. Y María, según la tradición, reacciona diciendo «El Padre sabrá». María no queda rota como el resto de personajes de la escena. La actitud de María es como un tesoro que guardamos en la Iglesia desde siempre: cómo María, que hasta entonces no era reconocida en el grupo, a partir de entonces está en el grupo. Esos detalles de una María que se hace presente ahí, que se ha ganado a pulso una situación de confianza, que los demás no reconocen haber tenido en sí mismos. Veamos cómo, desde la resurrección, se permite entender por qué Jesús pasa por ahí, qué es lo que está defendiendo; no es impotencia… ¿Le gustaba padecer? No. ¿Qué otro motivo más fuerte hay por el cual pasa por ahí? No está dispuesto a callarse cómo es el Padre.
Pasa por donde haga falta, porque hay un valor más fuerte que la vida: hablar del Padre correctamente, comunicar cómo es el Padre, aunque le cueste la vida. Esa contemplación de la resurrección nos obliga a no hacer abstracción de Dios el Viernes Santo. Eso que muchas veces, en la práctica, no hemos sabido hacer de otra manera: Pensar que Dios está aletargado, dejando hacer, permitiendo el mal (una frase malísima). Y luego vendrá el Domingo de Pascua que es su día de verdad. Decimos de Dios que nos acompaña en toda circunstancia, que Jesús es la revelación de Dios en la vida. ¿Cómo decir que no nos acompaña en un Viernes Santo de la vida? En nuestros Viernes Santos no podemos desdibujar a Dios. Pero en nuestra pequeña y presuntuosa manera de ver a Dios, si no hace lo que yo haría, es que no hace nada. Lo que yo haría sería bajarme de la cruz corriendo. Decimos que Dios no me escucha porque le estoy diciendo que me quite este sufrimiento y no me lo quita. ¿No te escucha? ¿O te escucha de otra manera más honda?
¿Qué imagen de Dios estamos teniendo? ¿Una hada madrina que responde a lo que tú dictarías que habría que hacer? Fijáos que nuestra fe nace de que Jesús murió en la cruz, y que con su muerte comunicó cuánto amor nos tenía, a nosotros y al Padre. La muerte en cruz de Jesús, que Caifás tomará como símbolo de la maldición de Dios, es bendición de Dios para nosotros. Nuestra fe nace de que Jesús murió en cruz, algo impensable para Pedro, Tomás y compañía el Viernes Santo. Dios le dio la vuelta a aquello. Resulta que había un mensaje más hondo que aquello. Resulta que la petición que Pedro y el resto hacían: «Dios, envía una legión de ángeles y evita que Jesús muera» no hubiera hecho lo que hizo: demostrar que Jesús fue fiel a Dios hasta el final, y que Dios es capaz de dar la vuelta a las injusticias de la vida sin traicionar la libertad humana. A lo mejor hubiera vencido, pero no convencido en absoluto. Es una lección para mis Viernes Santos, para seguir entendiendo hoy que todavía hay Viernes Santos. No sería una vivencia de Dios sana desdibujarlo en el Viernes Santo… ¡Pero si es cuando más lo necesito!
Recordad aquella expresión que decía: «¿Qué hacía Dios el Viernes Santo? Llorar.» Llorar con su Hijo. Y Él mismo decía: «Qué absurdo decir que Dios llora, cuando llorar es un signo de impotencia». Sí, es absurdo, pero decir que Dios no acompañaba es blasfemo. Lo primero que tenemos bien claro es que oyó el clamor de su pueblo… Y con mayor motivo el de su hijo. Y decir que Dios no era sensible a las lágrimas que estaba viendo es blasfemo. Prefiero ser absurdo a blasfemo. Prefiero renunciar a que mi cabeza lo entienda todo, a traicionar lo que mi corazón ha experimentado. Y nuestra manera de llamar al acompañamiento de Dios es decir que llora conmigo. No tengo otra forma de expresarlo.
Recordad que la Pasión ha purificado la imagen de Dios a muchas generaciones de personas. Esa imagen que no quita los problemas sino que los acompaña y les da un sentido más amplio y hondo ha de ser vivida por cada uno de nosotros. En buena lógica los Viernes Santo nos mejoran la imagen de Dios, nos profundizan en ella.
La tercera perspectiva de San Ignacio: Esto es un regalo. Todo esto es «por mí», es decir, por todos. Es una locura de amor. Y eso es lo que vale la pena entender. Quizá hemos podido quedarnos con la forma simple de decir: el sufrimiento es un regalo que me hacen. No. El regalo es el amor. Pero el captar un Jesús que en ese momento no rehúye el sufrimiento no está diciendo que es un regalo para nosotros y para Dios.
De tal forma que la conclusión que saca San Ignacio es: «Viendo padecer a Jesús, ¿qué debo hacer y padecer yo». Esto hay que entenderlo con toda la fuerza que tiene la salud mental, y no traicionarla. No significa que, de repente, padecer es algo bueno. Es una locura de amor, de parecerse más a él.
Todo el sentido cristiano de la abnegación, mortificación, sacrificio… no es sano, no puede basarse —y quizá con eso hemos estropeado el mensaje si ha parecido que la gente lo entendía de esa manera— como que a Dios le encanta el sufrimiento. Hemos estropeado la imagen de Dios si lo hemos transmitido así. Es el amor que lleva a parecerse al otro en todo. O mejor dicho: A liberarse de las cosas que me impiden parecerme del todo al otro… A liberarme de mi amor propio, de mis pequeñeces. A liberarme, como Bartimeo, del manto que no me dejaba saltar… de aquello que no me ha permitido entender a Jesús plenamente. Es un mensaje de liberación.
Un sacrificio sin amor no lleva a Dios. Y eso de alguna forma, a parte de vivirlo fuertemente en nuestro interior, debe ser predicado. Al menos con más fuerza de lo que se ha hecho hasta ahora. Es el amor lo que lleva a Dios. Y el amor se prueba en el sacrificio más fuerte, como en todas las novelas románticas de la historia. Un amor que consigue pasar por pruebas, más pruebas y sacrificios demuestra cuán grande es.
Respecto a las cruces de la vida, lo primero es aceptar las propias, mis Viernes Santos. Se trata de eso que muchas veces hemos dado pie a asumir: escapar de las propias cruces eligiendo otras inventadas. Eso es neurosis. No se trata de suponer morbosamente cruces irreales ni renuncias sin sentido. Eso no convalida lo único que está en nuestra mano: vivir nuestra realidad asumiendo con amor las cruces que nos tocan, las injusticias que recibo, las mentiras que caen sobre mí, los abandonos de amigos (como Jesús)… Eso es el sentido hondo de todo.
Demasiadas veces se han inventado sacrificios que no han parecido tener sentido cuando en la vida me han hecho una injusticia. Si no eres capaz de vivir las injusticias con amor, ¿para qué quieres hacer otros sacrificios? Se buscan otras cruces para escapar de las propias, cosa que ha sido una de las manifestaciones del fariseísmo desde siempre. La cruz diaria siempre tiene dos caras: mis debilidades y las debilidades de los que tengo cerca. Las dos son mi cruz diaria. Recordad que la debilidad de Jesús en el momento de la muerte es decir: «Padre, en tus manos dejo las fuerzas que ya no tengo». Y las debilidades ajenas las contesta diciendo: «Perdónalos, Padre, porque no saben lo que hacen».
Esta última parte a veces nos la callamos, y creemos tener derecho de protestar a Dios hasta el infinito: «Señor, yo hubiera sido santo si no fuera por el que me has puesto al lado». «Pues, hijo mío, me acaban de decir lo mismo de ti», respondería Jesús. Así no vamos a ninguna parte. Sólo después de asumir las cruces reales, si el amor decide tener más para entender mejor a Jesús, bien. Pero nunca jamás escamoteando las cruces diarias.
El seguimiento es para gozar y disfrutar de Dios. Dios es disfrutable, está en el camino final de la satisfacción grande. Nunca al margen de ese camino. Y disfrutar es saber encontrar un amor más fuerte que las pruebas de la vida. Veamos esta definición tan bonito del cristiano: «Cristiano es el que incluso cuando llora sigue sonriendo». Porque no se abandona nunca a los golpetazos que le da la vida. Sigue gozando porque tiene la respuesta bondadosa para esos golpes. Si un apóstol se durmiera el miércoles y se despertase el domingo y dijera: «Qué suerte, de la que me he librado» iría equivocado. Se lo ha perdido todo. No ha podido disfrutar un amor que pasa por encima de todo eso y todavía se mantiene.
La cruz nunca es final de nada, es estación intermedia. O está hecha para disfrutar más de la estación final o no tiene sentido. Demasiadas veces la forma práctica de entender la cruz es que es algo que me quita la sonrisa, toda sensación de Dios bueno a mi lado. La cruz es un test de cómo es nuestro amor. No te pide que recibas la cruz con castañuelas pero no te abandones a la amargura porque es injusto.
Padecer por él es el amor descubierto que es más grande y pide sintonía. Es un amor con locura que puede llevar a más renuncias voluntarias. Esto, desde otra dimensión, no se entiende. Es decir: «Tanto te amo que soy capaz de pasar sobre esto». Padecer por él significa salir de mí mismo porque uno está marcado para ser feliz como él mismo. Asumir más padecimientos de los que nos da la vida es una manera de mantenerse en forma, libres. San Ignacio, que había sido inmensamente vanidoso, por miedo a parecer cobarde, asume una batalla absurda que casi le produce la muerte. Cuando cambia de vida, lo que le pide a Dios con toda su alma —unas palabras que hoy se nos hacen tan raras y que cada uno debe traducir a su ‘idioma’— es aquello que le hace bloquearse, temblar. ¿Y lo hace porque le gusta? No, sino porque quiere ser libre de aquello que le bloqueaba. En el fondo está pidiendo eso para obtener algo más grande: libertad, porque se ha considerado esclavo de su imagen.
Prepararse para las cruces de la vida, que no se me hagan tan opacas. Sólo ese sentido tiene el sufrimiento. Porque si no, pedir padecimientos sin ver a Jesús detrás sería neurosis. Creer en Dios es liberador.
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