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22º DOMINGO ORDINARIO (B)

“El culto que me dan está vacío”

 

Sería una gran desgracia si esta tremenda sentencia de Jesús fuese verdadera para los que estamos celebrando esta eucaristía. ¿Cómo podemos evitarlo?

 

·          En primer lugar, Si vamos a misa no por cumplir, sino con hambre y sed de alimentarnos con la Palabra de Dios y el Pan de la eucaristía.

 

·          Si la Palabra “cae en tierra fértil y da fruto (Mateo 13, 8), o sea, en un corazón abier­to, dispuesto a la conversión.   


·          Si, conscientes de nuestra necesidad, recibimos este Pan con hambre y por la ora­c­ión lo digerimos con calma.       


·          Si estamos liberados del fariseísmo, o sea, si no estamos atados a lo exterior, sino que buscamos encontrarnos con Dios en su misterio, desde nuestra po­bre­za, confiando sólo en su amor y su gracia. 


·          Si el amor a los pobres que demuestran nuestras obras, son el aval seguro de que nuestro culto no es una engañosa farsa, sino que está edificado sobre ro­ca firme, no sobre arena. Pues también entre nosotros existe el peligro de que lo religioso se reduzca a espectáculo. 


“Vuestras solemnidades y fiestas las detesto; se me han vuelto una carga que no soporto más. Cuando extendéis las manos, cierro los ojos”. Isaías 1, 14-15. Además de la incoherencia del hipócrita, también la ignorancia podría “vaciar” nues­­tro culto. En la religiosidad popular abunda es­ta ignorancia que, junto con la ru­tina, vacían de fe lo religioso. Es misión del sacerdote desde su misión de profeta,  adoctrinar el pueblo de Dios y gui­arle hacia el encuentro con Jesucristo, más allá de las imágenes que a veces no representan dignamente al Señor ni a su Madre o a sus san­­tos.

 

“De dentro, del corazón del hombre”

Este interior que la biblia llama corazón, representa la interioridad del hombre, cons­cien­te y responsable. Aquí nace y reside la fe, porque aquí llega la predicación de la Pa­­labra, exigiendo respuesta y decisión. Si nos preguntamos dónde tiene lugar nues­tro  encuentro con Cristo, hemos de señalar este corazón del hombre: “Que por la fe resida Cristo en vuestro corazón”. Efesios 3, 17. De ahí que este corazón sea tam­bién el origen de nuestra conducta, según nos dice claramente Jesús en el evangelio de hoy.

Si aquí es donde Dios derrama su Espíritu, también aquí es donde simbólicamente aque­­lla serpiente mordió a Adán y Eva. Es lógico por tanto que la salvación de Jesús sea  buena noticia destinada a este corazón para curarlo de sus heridas.

      Llorenç Tous