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20º DOMINGO ORDINARIO (B)

“El que come mi carne y bebe mi sangre tiene vida eterna"

¿Cómo se explica, pues, que siendo tantos los sacerdotes y los seglares que co­mul­gan con frecuencia, nuestras parroquias generalmente estén tan muertas?

Languidecen porque no se alimentan, sólo “cumplen un rito” rutinariamente. La co­­mu­nión que reciben en la misa, no les da “vida eterna”.

Las comunidades que son una valiosa excepción, ¿de dónde sacan su energía para cre­­cer en la fe y el compromiso? La respuesta está en su fe, su vida de oración y su com­­promiso que despierta su hambre y sed de Dios. Así es como la eucaristía les da “vida eterna”.

Su participación en  la eucaristía les compromete con los pobres; éstos  les exigen to­­marse en serio la fe, la oración, la solidaridad; los pobres estimulan su hambre de co­mer el Pan que rejuveneció al profeta Elías, porque les emplaza ante Dios.

Aprendamos a comulgar

La fe, la oración y el estudio nos introducen en el misterio de la eucaristía.  La misa no es un simple acto de piedad, sino la celebración de la muerte y resurrección del Se­­ñor. Una celebración exige un motivo singular y festivo de un grupo que se sien­te unido en un tema o motivo común. En este caso no estamos ante algo particular, si­no ante la fe de la Iglesia. La misa no es del sacerdote, ni del que paga un esti­pendio, ni de un difunto, sino de la Iglesia que ha recibido de Jesús el encargo de “ha­cer esto en conmemoración de Él”. “Esto” significa y es lo mismo que Él hizo en la Última Cena y lo que experimentó en su resurrección. Es lo mismo que los após­toles comenzaron a celebrar una vez llegaron a creer diciendo: realmente ha re­su­citado el Señor y se ha aparecido a Simón”. Lucas 24, 34. La mayoría de los que están en una misa desgraciadamente no han dado este paso.

Conviene insistir en que llevamos siglos de ignorancia sobre la eucaristía; que cuando nos queremos adentrar en este misterio fundamental, nos encontramos con fuertes resis­tencias a la hora de pensar, estudiar y orar para recuperar lo que fue la eu­caristía de Jesús y de las comunidades apostólicas. Quien no vive en serio su bau­­tismo, no es apto para la eucaristía.

La culpa es de la misma Iglesia que impuso una normativa que ocultó su verdadero origen y también de aquellos sacerdotes y fieles anquilosados en una práctica ru­tinaria; falta ilustrar su fe para despertar el hambre de este Pan y profundizar en la vi­da de oración para digerir con provecho esta comida y bebida del cuerpo y la san­gre de nuestro Señor resucitado.

                                                                                        Llorenç Tous

 Oración de la misa de hoy

 

Oh Dios, que has preparado bienes inefables para los que te aman, infunde tu amor en nuestros corazones, para que, amándote en todo y sobre todas las cosas, consigamos alcanzar tus promesas, que superan todo deseo.