Tornar al llistat

18º DOMINGO ORDINARIO (B)

Comentario al evangelio: Juan 6, 24-35

 

La gran verdad

Reflexionar sobre la eucaristía es tocar el centro y el fundamento de la Iglesia, co­mo un cirujano cuando trabaja en el corazón humano. Si consideramos lo que ocu­rre ge­ne­ralmente en nuestras misas, nos sorprende la ignorancia, la rutina y la incons­ciencia de muchos que asisten o que a veces la presiden.

 “Yo soy el pan de vida”… “Yo soy el pan vivo bajado del cielo. Quien coma de este pan vivirá para siempre. El pan que yo doy para la vida del mundo es mi carne”. Juan 6,48.51.

El evangelista con estas palabras puestas en boca de Jesús proclama la fe de la Igle­sia de los apóstoles, transmitida primero por tradición oral y escrita más tarde en esta página,  dos generaciones después de Jesús. A lo largo de este tiempo, la Iglesia es­tuvo celebrando la eucaristía, llamada  la fracción del pan en el Libro de los Hechos de los apóstoles 2, 42. Cumplía así fielmente el encargo de Jesús en la Última Cena: “Ha­ced esto en memoria mía”. Lucas 22, 19. Cuando Juan redacta aquellas pa­la­bras, nos habla de una práctica y de una fe de las comunidades cristianas de su tiem­po.

Esta fe de la Iglesia es el fundamento de la nuestra. Con la misma fe aceptamos no­so­tros estas maravillosas palabras: “El pan que yo doy para la vida del mundo es mi carne”. Gracias, Señor! Más claro y real, imposible. “Señor, danos siempre de ese pan”. Juan 6, 34.

                                                                                                     

Las dudas

También en nuestra mente surge el interrogante de los judíos: “¿Cómo puede éste darnos de comer su carne? Juan 6, 52. Porque es no sólo  un derecho sino un deber  afrontar nuestras dudas de fe, si queremos crecer en ella y alcanzar la edad adul­­ta.

Siguiendo ideas que expone ampliamente Roger Haigt S.J. en su obra “Jesús, símbolo de Dios”. (Madrid 1999), junto con otros teólogos y biblistas, adentrémonos con  te­mor y temblor en el misterio. El Jesús de la eucaristía es el Resucitado con sus llagas glorificadas. No estamos ante su recuerdo, sino ante su presencia sacramental en la eu­caristía. Su persona concreta y viviente es la arrelada históricamente en Na­za­ret,  Galilea, Jerusalén, Betania, con Maria Magdalena, su madre,  Lázaro, etc. Con todo ese bagaje humano, hecho de palabras y obras, está  Jesús “sentado  a la diestra de Dios Padre.” ¿Tenemos acceso los mortales a esta misteriosa gloria del Señor? ¿Pue­de “localizarse” en el altar de la misa el Señor resucitado que es espíritu?

 

Primera respuesta

Sí, por la fe, que es también amor, y con la ayuda de los signos sacramentales que po­­demos llamar  “símbolos”, si entendemos bien esta palabra.

Con gratitud inmensa adoremos el don, antes de intentar penetrar desde nuestra hu­mana lejanía, en el misterio de Jesús en la eucaristía: dos signos sacramentales, pan y vino, Cuerpo y Sangre.” Esto soy yo en persona, esta es la copa de la nueva alianza, sellada con mi sangre”, Lucas 22, 19-20, dijo Jesús en arameo en aquella me­morable Cena al romper el pan. En su cultura los pactos sagrados se establecían con la sangre como sello de autenticidad y validez. Basta leer Éxodo 24, 4-8.

El pan de los ángeles, maná de los peregrinos de la fe, y la sangre de esta alianza nueva, son los dos signos sacramentales de su pasión, la riqueza  infinita de la Igle­sia. En boca de Jesús y ahora del sacerdote, son lenguaje simbólico de realidades di­vi­nas cuya eficacia les viene del Espíritu santo invocado sobre ellos. Son el puente entre el cielo y la tierra.

Este maná baja del cielo y con él baja el Señor; este vino que es su sangre, es el signo que sella y establece la alianza nueva; ésta es el fundamento de nuestra rela­ción con Dios Padre gracias a Jesús. Por él y en ella somos hijos, hermanos y salvados con un amor que no tiene fin, ni lógica, ni límite. Este gran amor de Dios nos merece podernos sentar a su mesa y comer ante Él el pan de los ángeles.

Segunda respuesta

Atrevámonos a creer estas palabras  que Juan pone en boca de Jesús y que la Iglesia nos proclama: “El pan que yo doy para la vida del mundo es mi carne”. Si logramos hacer el acto de fe, bajo estos dos signos de pan y vino, se nos ofrece la persona de Jesús y una alianza firme y definitiva con Dios, que Él nos ha merecido y regalado. Las palabras son muy pobres para expresar el misterio de esta realidad, pero su dimensión simbólica es suficiente para abrir a nuestra fe un boquete en el cielo de Dios por el que nos asomamos y nos acercamos a Él. Esta fe nos hace con­temporáneos de Jesús, ciudadanos del cielo, hijos de Dios. ¿Cómo no va a robus­tecernos este alimento? Al comerlo juntos nos constituimos hermanos. Nuestra de­bilidad se robustece, nuestra esperanza se afirma  y el compromiso surge y se decide.

El día del Señor es el día de la eucaristía para toda comunidad cristiana. Para digerir este banquete espiritual necesitamos la oración profunda y contemplativa. Sobran misas y falta oración  en  la piedad de muchos sacerdotes y de muchos cristianos que asisten a misa. Faltan guías que muestren las riquezas de este maná, porque la rutina y otros motivos han convertido en meros funcionarios religiosos a los que de­be­rían ser sus profetas, ejecutores de la promesa de Isaías 25, 6-8. De cada uno de nosotros depende cambiar esta lamentable situación.

 

Fundamento teológico y literario

De Dios no podemos hablar como hablamos de nuestras realidades cotidianas. Él es el Otro. Por eso el “símbolo” es el único lenguaje que nos permite asomarnos a su misterio, que trasciende nuestro techo humano. 

El “símbolo” nace cuando la realidad se nos abre en  su profundidad; esto ocurre cuando nuestra conciencia se despierta o es herida por el gozo o el dolor; otras veces esta experiencia iluminada  se produce sin más, gratuitamente. Entonces las palabras se quedan pobres e impotentes. Al mismo tiempo quedan transformadas en una nueva dimensión, la simbólica, para poder balbucear de algún modo la vivencia que pretenden expresar. Quedan cargadas de una nueva densidad.

Así son los símbolos, el continente pobre de una misteriosa y casi infinita realidad que por la fe se  “abre” ante nosotros. En este sentido las palabras de Jesús en la Iglesia, que el sacerdote pronuncia en su nombre, constituyen con la fe, el símbolo eficaz de la presencia del Señor muerto y resucitado en la fracción del pan, la misa. Símbolo que viene de Jesús y que la Iglesia, fiel a su encargo, recibió y conserva con amor y gra­ti­tud.

Llorenç Tous