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17º DOMINGO ORDINARIO (B)

Comentario a Juan 6, 1-15

La multiplicación de los panes y peces

 

E

l evangelista presenta a Jesús como un nuevo Moisés que nos saca del judaísmo y de Jerusalén, su centro religioso y nos conduce hacia todos los hombres. “A la otra parte del lago de Galilea”, o sea, a la frontera del mundo de los gentiles. Jesús es más que Moisés, éste condujo el pueblo de Israel hacia la libertad, Jesús nos libera del mal. Moisés cruzó con el pueblo la frontera de Egipto, el Mar Rojo: Jesús cruza con nosotros, su pueblo, la frontera del judaísmo, el Mar de Galilea y nos envía al mundo.

Lejos de “la Pascua, la fiesta de los judíos” Jesús presidirá su Pascua, la de los cristianos, comiendo pan y pescado, símbolo de nuestra eucaristía, con mucha gen­te agrupada. Se inicia así la primavera cris­tiana: “había mucha hierba en aquel sitio”

 “Subió a la montaña y se sentó allí con sus discípulos”, desde esta altura preside Jesús la celebración de su Pascua, la que se contrapone a la de los judíos en Je­ru­sa­lén. Éstos le rechazan pero “le seguía mucha gente”. ¿Sólo porque necesitaban comer? ¿No habían demostrado antes sus ganas de escucharle? ¿Por qué hoy día au­menta la inapetencia de tantos? “Yo vine para que tengan vida, una gran vita­lidad”. Juan 10, 10.

“Doscientos denarios (el importe de doscientos jornales) de pan no bastan para que a cada uno le toque un pedazo…sólo los hombres eran unos cinco mil”. Pero Jesús es más que el profeta Eliseo que dio de comer a cien hombres con veinte  panes. 2 Reyes 4, 42-44.

Jesús recibió la pobre oferta de un niño pobre,  “tomó los panes, dijo la acción de gracias”. El evangelista anticipa el gesto de Jesús en su Última Cena. Nosotros asistimos en esta eucaristía al mismo gesto que el sacerdote reproduce en nombre de Cristo.

“Llenaron doce canastas con los pedazos de los cinco panes de cebada que sobra­ron”. “La acequia de Dios va llena de agua” dijo el salmista. Cuando Dios da no es es­ca­so. Cada uno de nosotros puede dar testimonio personal de su gran gene­rosidad. También en la naturaleza está patente su rica imaginación, su arte y su in­men­so poder.

 

Nuestro pan de cada día

Todos conocemos familias entre nosotros que sólo pueden comer una vez al día; el hambre se nos ha acercado. El paro laboral anuncia un sombrío futuro inmediato. “Dadles vosotros de comer” dijo Jesús en esta ocasión, según Marcos 6, 37 y nos re­pite hoy desde esta eucaristía. Deber de todo comulgante es alistarnos con los vo­lun­tarios que se proponen luchar contra el hambre. Los que todavía  podemos co­mer pan, sólo por ser humanos (la fe aparte), debemos solidarizarnos de una ma­nera concreta con los que pasan hambre. Hay muchos cauces concretos y fiables.

No sólo de pan vive el hombre

Sabemos que un estómago vacío no escucha razones, pero, una vez llenado, con­tinúa en el hombre otra hambre y sed de sentido en su vida. La salvación que Jesús nos ofrece es el sentido de la vida, la que podemos vivir si la enfocamos desde el Pa­dre; esta fe lo cambia todo en positivo, hasta lo más difícil  en esta vida y también más allá de la muerte.

  

La inapetencia

Son muchos, también entre los que se confiesan cristianos, que tienen una fe maci­lenta. Están inapetentes. ¿Están anquilosados en la rutina? ¿No les estimula nues­tra oferta? ¿Qué hemos hecho para quitarles el apetito?

“Se acercaron a Felipe, el de Betsaida de Galilea, y le pidieron: - Señor, queremos ver a Jesús”. Juan 12, 21. Eran griegos, no judíos, en medio de la multitud del tem­­­plo de Jerusalén. Este deseo de ver a Jesús, explícito o implícito, lo tienen muchos de los que frecuentan nuestros templos. ¿Presentamos el mensaje de Jesús de un modo contagioso porque nos hemos dejado poseer por Él? ¿Qué estamos dis­puestos a cambiar para conseguirlo?

                                                                                      Llorenç Tous