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FESTIVIDAD CORPUS CHRISTI (B)

“Esto es mi cuerpo”, esto soy yo en persona, dijo Jesús al partir el pan, al comienzo de su Última Cena con los suyos.

·      Las mismas palabras en su nombre dice el sacerdote, movido sacramentalmente por el Espíritu Santo.

 

·      La fe de los participantes nos adentra en la corriente de gracia que inunda la Iglesia convocada a la eucaristía.

 

·      Por la fe trascendemos lo humano y nos adentramos en Dios.

 

·      A la comunión nos introduce esta proclamación de fe: ¡La sangre de Cristo! ¡El cuerpo de Cristo! A la que respondemos: ¡Amén! Éste es el umbral para sumergirnos y dejarnos envolver por Dios y su gracia.

 

“Éste es el sacramento de nuestra fe”. O bien: “Éste es el Misterio de la fe”. Y el pueblo prosigue aclamando: “Anunciamos tu muerte, proclamamos tu resurrección. ¡Ven, Señor Jesús!

 A la proclamación del celebrante respondemos proclamando el contenido del misterio: Jesús murió, resucitó y volverá. Con esta perspectiva global  confluyen el pasado doloroso, su victoria gloriosa y el futuro de Jesús. Tres aspectos del misterio que nos iluminan, nos enriquecen y nos dan paz, exigencia y esperanza.

 

● Cada persona humana discurre en sus años a lo largo de misteriosos caminos; sea creyente o incrédulo, a nadie se le evita plantearse preguntas que afectan a su vida, ante las cuales no tiene respuesta convincente.

 

● Los comensales de la eucaristía recibimos luz abundante sobre Dios y su misterio como también sobre cada uno de nuestros misteriosos acontecimientos personales. En la eucaristía tenemos al que “es la luz verdadera que ilumina a todo hombre”. Juan 1, 9.

 

● Con su nacimiento entre nosotros, amaneció la luz sobre Dios, su resurrección nos salvó, su Espíritu nos conduce hacia la plenitud. Toda la gracia de Dios se contiene en este “Misterio de la fe” que proclamamos en la misa. ¿Somos conscientes de ello? ¿Sabemos asimilar tanta salvación? Salvo afortunadas excepciones, creo que no.

 

● La eucaristía pide oración personal profunda. Es el alimento divino bajado del cielo. Sin la oración profunda, la que transforma la fe y la vida, la misa de hecho es  un desprecio a la oferta de Dios.

 

● Como si un mendigo hambriento rechazase “un festín de manjares suculentos, un festín de vinos de solera, manjares enjundiosos, vinos generosos”. Isaías 25, 6.

 

● De hecho así desprecian  “el pan vivo  bajado del cielo”, Juan 6, 51, los que van a misa y no comulgan, lo mismo que los que acumulan comuniones rutinarias, no digeridas por la oración personal intensa. Sin ella este plato de comida celestial, el máximo que nos ofrece la Iglesia en este mundo, queda estéril o, lo que es peor, como signo de una contradicción escandalosa.

 

Podemos corregir esta situación, si los ministros de la eucaristía conocen lo que celebran, lo viven y lo dan a conocer con convicción contagiosa.

 

Podemos corregir esta situación deplorable, si todos los bautizados que acudimos a misa, practicamos la oración personal con seriedad, sin rutina.

 

Podemos corregir esta situación si en las parroquias tradicionales disminuimos el número de misas y aumentamos las celebraciones de la Palabra y curamos el ayuno espiritual del pueblo dándole el pan de la Palabra y enseñándole a comerlo.

 

● Grandes cantidades de dinero, importantes cultos internos y externos, valiosas joyas y otras piadosas reacciones, deberían canalizarse hacia los necesitados, hoy más que nunca, en vez de dirigirlas a Jesús en la eucaristía ya que él voluntariamente  “no tuvo donde reclinar la cabeza”. Mateo 8, 20.

 

“Yo soy el pan vivo bajado del cielo. Quien coma de este pan vivirá siempre. El pan que yo doy para la vida del mundo es mi carne”. Juan 6, 51.

● La presencia de Jesús en la eucaristía es una presencia real y simbólica a la vez. Es real por estas palabras de Él que el evangelista nos ha transmitido y que la Iglesia nos proclama celosamente. Es simbólica porque no podemos hablar de las cosas de Dios, como si se tratase de cosas de los hombres. La Escritura no es una fuente de información directamente representativa de hechos o datos objetivos sobre la realidad trascendente. Los textos sagrados no comunican conocimientos objetivos sobre la realidad trascendente, como si se tratase de realidades iguales a las cotidianas del mundo de los humanos. Los misterios y las grandezas de Dios que Jesús nos ha revelado, no caben en nuestra mente.

● Bien es verdad que los humanos no tenemos otro lenguaje más que el nuestro para hablar de Dios. No hablamos el  lenguaje de los ángeles, pero el Creador dejó en nosotros su huella a la hora de comunicarnos. Gracias a ella es normal en nosotros el lenguaje simbólico a la hora de expresar profundos misterios o de contemplar la divinidad.

● El símbolo conduce a una cosa diferente a si mismo; hace presente algo diferente, revela algo peculiar que no podría conocerse sin el símbolo. Revela ciertos aspectos de la realidad, los más profundos, que desafían otros medios de conocimiento. El lenguaje simbólico es el más real, más objetivo aún que el que se transmite con las mismas palabras en el lenguaje cotidiano. Los símbolos son el balbuceo humano de lo divino; son la expresión más exacta que humanamente se puede, de lo que supera el techo de todo lo humano, de Dios. En la eucaristía sólo la fe nos permite trascendernos a nosotros mismos, superar todo lo humano y recibir a Jesús, el Resucitado, el mismo que está sentado a la diestra de Dios Padre, al recibir el pan bajado del cielo o beber el cáliz de la sangre de Cristo. En este encuentro la mente humana calla y obedece, el creyente confía y se deja inundar del amor infinito de Dios.

                                                         Llorenç Tous