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DOMINGO DE LA SANTÍSIMA TRINIDAD (B)

·       ¿Quién se atreve a hablar de Dios?

·       El ignorante se atreve porque es inconsciente. Los inexpertos en lo divino montan en su honor grandes monumentos a su presencia; santuarios, discursos prolongados, abundante culto, ostentoso, rico, frecuente; ordenan leyes y costumbres en su honor; regulan una moral en su nombre. El número y el poder mantienen su sistema seudo-religioso hasta que desaparecen los inconscientes o sus riquezas resultan escandalosas ante pobres y sabios. Jesús definió esta situación diciendo:”Este pueblo me honra con los labios, pero su corazón está lejos de mi”. Mc 7,6.

·       El místico puede hablar de Dios porque le vio y no quedó mudo, al contrario, como dice san Pablo: “Poseyendo el mismo espíritu de fe que se expresa en aquel texto de la Escritura:”Creo por eso hablo” (Salmo 116, 10), también creemos nosotros y por eso hablamos”. 2 Corintios 4, 13.

·       ¿Cómo, pues, hablar de Dios? Desde la inteligencia y la sabiduría que da el Espíritu a los que le buscan sinceramente. Para la inteligencia del Espíritu nos prepara la ciencia en cualquiera de sus manifestaciones. El estudio hoy  es necesario para saber de Dios.  Para la sabiduría del Espíritu nos disponemos con la oración. “El Espíritu de la verdad os guiará hasta la verdad plena”. Juan 16, 13.

·       Para alcanzar la inteligencia según el Espíritu necesitamos el estudio del que se atreve a pensar su fe y busca la doctrina en sus fuentes clásicas y actuales.

·       Para la sabiduría según el Espíritu nos preparamos con la oración del que contempla la Verdad, en camino hacia el encuentro con Dios. Encontrar a Dios consiste en buscarle; quien le busca ya fue encontrado por Dios.

·       Hoy día la sed de Dios es más acuciante a causa de la inapetencia generalizada. El Espíritu grita en nosotros, desde la profunda huella del Creador de la vida, marcada en el corazón humano, que nunca podrá borrar ni la avalancha de superficialidad ni la pestilencia del pecado.

·       Esta sed no se sacia con rebajas, ni con aguas endulzadas por la comodidad. El ser humano, creado a imagen de Dios, necesita verdad, plenitud, coherencia, un sentido global y convincente. No se conforma con menos ni con los engaños del consumismo religioso.

·       Calman esta sed los testigos de Jesús. Lo consiguen sin pretenderlo, desde su coherencia entre lo que dicen y lo que hacen, con su alegría sencilla y contagiosa, con la paz y la esperanza propia del que estuvo con Dios.

·       Los que veían a Jesús se preguntaban: “¿Quién es éste?.Marcos 4, 41. La admiración era el primer paso hacia él. Los que él curaba quedaban establecidos en su amistad para siempre; querían seguirle atraídos por su bondad. Necesitaban dar a conocer su dicha y la contagiaban.

·       El Espíritu grita en nosotros ¡Abba! ¡Padre!”. Toda la humanidad y toda la Iglesia se unen de mil maneras en este grito. La necesidad y los pecados acentúan su fuerza. Jesús lo pronuncia con toda propiedad y derecho; él nos  lo enseña y nos da la voz de hijos para unirnos legítimamente a esta sinfonía universal. En Dios, nuestro Padre, está el fundamento de nuestra esperanza. De él nos viene la paz y la fuerza frente a todos los males para vivir en Cristo según su voluntad.

“Habéis recibido, no un espíritu de esclavitud, para recaer en el temor, sino un espíritu de hijos adoptivos”. (2ª lectura). No se trata de un título jurídico, sino de una participación en el modo de ser de Jesús, el Hijo. Este regalo nos llena de confianza, cambia totalmente nuestra relación con Dios Padre y transforma toda nuestra vida llenándola de paz y esperanza.                 Llorenç Tous.