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VIERNES SANTO 2016

EL PECADO DEL MUNDO

“La libertad pervertida, el desamor acumulado, el odio que se trans­for­ma en instituciones, la muerte que se absolutiza generando el miedo, la ley que cierra el impulso de generosidad esperando que la bondad nazca del mero cumplimiento, un horizonte cerrado por la desesperanza o por el rencor, un universo donde el pobre está condenado a su pobreza, una razón que no está redimida por el amor, una conciencia que percibe el mandato como dura exigencia sin estar connaturalizada y elevada a po­der para responder a lo exigido: todo eso como hecho personal y social, como ámbito de experiencia humana y realidad moral, como insti­tu­cio­nes sociales, económicas y políticas resultantes, es lo que san Pablo lla­ma­rá “amartia”, pecado que él diferencia claramente de las trans­gre­siones individuales”.

González de Cardedal, O.,La entraña del cristianismo”.  2ª ed. Salamanca 1998. p. 588.

 

LA CRUZ

 

“La muerte de Jesús es ya inseparable de todo lo que ella ha suscitado en la historia. La cruz, que en principio era signo de violencia, castigo y muerte, se ha convertido en el símbolo de la paz, del perdón y de la vida. Esa transvaloración es el supremo enigma de la historia humana. Los cristianos respondemos afirmando que, cuando Dios asume una realidad, aun cuando sea la más externa a su ser y la más opuesta a su condición, la transforma recreándola a su  imagen. Eso ha ocurrido con la cruz, en la que Cristo está. El símbolo es el crucificado; no los palos vacíos. La muerte del Hijo, que ha afectado a Dios mismo, ha vaciado a la cruz de su sentido ignominioso y la ha rellenado de un sentido glorioso. El creyente que besa un crucifijo está haciendo, a la vez que un acto de fe religiosa, una afirmación metafísica: 1.- Dios Creador puede compartir y ha compartido el destino de su criatura, aun en la situación de más extrema pobreza: la muerte del esclavo crucificado. 2.- El Eterno n o es ajeno a los mortales sino que se allega hasta ellos en el amor que compadece y en la pasión que redime”.

 “La cruz fue sentida siempre como ancla y también como mástil y por ello garantía de viaje seguro a la patria definitiva. Porque patria no es el lugar donde estamos, sino aquel de donde venimos y, por ello, aquel al que retornamos”.

González de Cardedal, O., “La entraña del cristianismo”. 2ª ed. Salamanca 1998. P. 615-61

 

CONTEMPLANDO A JESÚS EN CRUZ

 

Ya no sientes, Señor, esos criminales clavos, gracias a la muerte tan de­sea­da y liberadora. Cogidos del brazo de tu Madre, que sigue en pie y te con­tem­pla, levantamos hacia Ti nuestros ojos cargados, llenos de tinieblas y pe­sar. Ella agotó sus lágrimas.

 

Tu ya los cerraste para abrirnos el cielo. De ti y de ella bajará a nosotros tu Espíritu.

 

Con tantos que te miran y te lloran, imploramos perdón y luz. Con el buen la­drón que te acompaña al Padre.

 

Madre, tampoco nosotros entendemos lo que estamos presenciando. Ese Hijo tuyo en esa cruz es un misterio. Sentimos impotencia y rabia pero que­remos obedecer con fe, aceptar la incomprensible realidad y esperar la luz.

 

En medio del silencio sagrado que envuelve tu Calvario, todos los cal­va­rios, nos acercamos con vergüenza; nuestros pies no merecen hollar esa tie­rra que se está volviendo un paraíso regado por ti, hortelano pascual.

Extramuros avanza la verdad, la ciudad le cerró sus puertas. Fuera que­daron los que te siguieron hasta la cruz; ahora con aromas y nardos en­vuel­ven tu cuerpo santo, mientras tu Madre abre la sábana con Nicodemo fiel; José no sabe dónde dejar los clavos. Mejor que no queden tirados.

 

Anochece en el mundo y en la historia. La luna corre veloz; el sol tiene prisa. Se acerca el alba coronada de rosas y jazmines.

 

Madre de la Esperanza, contemplando tus ojos, las piedras se abren para dar paso a la Vida, a Adán y Eva con sus hijos. ¿Saldrán todos?

 

Nosotros, escalera en mano, vamos por tesos y cerros buscando Calva­rios: Nicodemo y José nos enseñaron. Madre, ven con nosotros, tu que sabes tanto.

 

LLorenç Tous

 

 

 

 

 

LA  PASIÓN GLORIOSA DEL SEÑOR RESUCITADO

 

Juan 18-19

 

El estilo románico representa a Jesús en cruz vestido con túnica y corona de rey; sus cabellos y su barba están en perfecto orden; su rostro no tiene herida alguna y sus ojos abiertos nos contagian su paz; los brazos, cubiertos de amplias mangas, están horizontales, no penden, sino que nos abrazan con amor.

 

Este evangelio transforma la agonía de Getsemaní en una teofanía. En Getsemaní Jesús no hace oración, no siente miedo ni dudas. No necesita ayuda, deja marchar a sus discípulos. Se identifica con el nombre de Dios, “yo soy”, y sus enemigos, antes de tocarle, le adoran rostro en tierra. No consiente que Judas le bese. Se entrega libremente, porque quiere.

 

El proceso ante Pilato está dramatizado de tal forma que se desarrolla en siete escenas, separadas por los verbos entrar o salir, de la cuales la central es la cuarta Juan 19,1-3, porque en ella Jesús es proclamado rey de los judíos por unos soldados gentiles, con toda la densidad teológica que ello supone.

 

 Juan suprime las burlas de Jesús ante Herodes, la ayuda de Simón de Cirene, las lágrimas de las plañideras, el grito de abandono en la cruz y las tinieblas a la hora de la muerte, porque son detalles que ensombrecerían el resplandor de la divinidad del Resucitado que él contempla anticipadamente en  el Crucificado.

 

En cambio añade o subraya con énfasis otros detalles. Juan 19,13-14 son palabras muy importantes por que expresan la confesión de fe de la gentilidad puesta en boca de Pilato y dirigida a los judíos: “ Mirad a vuestro Rey “. El título sobre la cruz de Jesús queda tan subrayado en este evangelio porque es otra confesión de fe de la divinidad del Crucificado, proclamada en tres lenguas a las puertas de Jerusalén, centro del judaismo.

 Se reducen a tres las palabras de Jesús en la cruz, muy escogidas, sobre todo las que dirige al discípulo amado y a su madre, con las que de algún modo queda declarada su maternidad espiritual sobre toda la Iglesia, representada en el discípulo.

 La lanzada  evita romperle hueso alguno, tal como estaba prescrito a la hora de comer el cordero pascual; es otro detalle teológico para revelar el sentido de liberación del pecado que recibimos por la muerte de Jesús,”el Cordero de Dios que quita el pecado del mundo” Juan 1,29. Este sentido ya quedó insinuado en el juicio ante Pilato al hacer coincidir el momento de la sentencia con la hora sexta del viernes, dia de la preparación de la Pascua; a esa hora se abrían las puertas del templo para que los judíos ofreciesen los corderos que se comerían en la cena pascual.

 Del golpe de lanza brotó sangre y agua, como de una fuente de salvación. Las citas bíblicas con que el evangelista comenta el hecho y la importancia que da a su testimonio, subrayan la transcendencia que descubre en este hecho. Jesús acaba de “entregar su Espíritu” y éste se manifiesta al mundo brotando de su interior en forma de sangre y agua.    Llorenç Tous

 

LOS CRUCIFICADOS

 

El siglo XX seguramente ha sido el que más muertos ha causado en toda la historia, no por fenómenos naturales, sino por el poder de las armas, el odio de los pueblos y la locura de algunos gobernantes.

La idolatría del dinero, junto con el negocio de las armas, las guerras, el terrorismo y a veces hasta en nombre de un dios, siguen manteniendo o aumentando esta fatídica, horrible y escandalosa cifra.

Es incalculable el dolor que sefuen tantos millones de personas en nuestro mundo que ha entrado en la edad del  progreso y del bienestar sólo para una parte de la humanidad.

La educación y la cultura sigue manipulada en amplios sectores,  impidiendo otros valores, otra información y otro  paradigma de vida en el que reine la justicia y la paz verdaderas.

Las terribles consecuencias afectan a todos, para algunos desde antes de nacer, a otros muchos les acompañan con sus efectos sinistros hasta la muerte.

Ante la mirada de Jesús agonizante en la cruz, queremos acercarnos con amor y temor a Él, esperando, como el buen ladrón, pidiéndole  perdón para nosotros y misericordia para todo este mundo en pecado.

Simón de Cirene, José de Arimatea, Nicodemo, la Madre de Jesús y sus acompañantes cerca de la cruz, nos guíen a continuar la misión de acompañamiento de los excluidos. Nuestra impotencia es grande ante la inmensa tarea de solidaridad y lucha por la justicia, pero queremos mantenernos activamente de parte de las víctimas, como se puso el Padre resucitando a su Hijo.

Los diligentes jilgueros nos dejan un ejemplo. Aquel Viernes Santo, poco antes de las tres de la tarde, una bandada de jilgueros apareció en el Calvario en ayuda de su Señor. Revoloteaban inquietos alrededor de la cruz y se turnaban  junto a los clavos  intentando una y otra vez arrancarlos con su pico. Desgraciadamente no  lograban liberar a su Señor.

Jesús agonizante, en agradecimiento, les dejó un don: con una gota de su sangre, pintó de rojo el cuello de todos los jilgueros del mundo.

Si nosotros nos manchamos el alma compartiendo el dolor de todos los que sufren por cualquier causa en nuestro mundo, recibimos el aval que nos acredita como discípulos de Jesús y ciudadanos del Reino de Dios. Nuestro amor expresado con obras, hará milagros, aunque sean limitados nuestros recursos.     Llorenç Tous