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JUEVES SANTO 2016

                  “Que venía de Dios y a Dios volvía”

El discípulo amado, conocedor de los secretos de Jesús en aquellas ho­ras, nos adentra en el misterio de lo que ocurrió aquella noche. Los discípulos que cenaban con el Maestro captaron sólo desde fuera el sentido de lo que estaba ocurriendo. Juan está iluminado por la Re­surrección posterior de Jesús y nos guía hasta lo profundo del mis­terio al escribir este evangelio.

“El pan que yo doy para la vida del mundo es mi carne”. Juan 6,52. Participemos en la Cena del Señor desde la perspectiva de es­te evangelista para conocer y recibir el don de Dios que es su Hijo Jesús.

“Despojado de su rango” lava los pies a Judas como el pastor bus­ca la oveja perdida. Quiere que su mensaje entre por los ojos a sus discípulos: ”debéis lavaros los pies unos a otros”. El servicio a los más alejados y a los pobres queda consagrado como una ac­ción sacramental de él y de la futura Iglesia. Jesús tiene la sabiduría del que ante la muerte transmite en herencia lo que ha sido el cen­tro de su vida: el amor, concretado en el servicio.

 A las puertas del Misterio Pascual que vamos a celebrar, invitados por la Iglesia, nos sentamos a la mesa de la Cena del Señor y en con­memoración de Él, “celebramos el sacramento de su cuerpo y de su sangre…sangre de la alianza nueva y eterna”.

Jesús veía que su relación con los sacerdotes y letrados del templo ha­bía llegado a tal tensión que su muerte era inminente. Cenaba con sus discípulos y las mujeres que le seguían, consciente de que aque­lla cena era su último adiós. “Sabiendo Jesús que había lle­ga­do la hora de pasar de este mundo al Padre”.

Se sentía triste, necesitado de compañía y de resumir lo que sobre el Reinado de Dios había predicado durante toda su misión. Cuando to­mó el pan y lo partió, pensó: ”Esto es mi cuerpo”, esto soy yo en persona”, me han destrozado y hecho pedazos, pero de alguna ma­nera el Padre continuará la causa de su Reino.

“Os aseguro que no volveré a beber del producto de la vid hasta el día en que lo beba nuevo en el reino de Dios”. Marcos 14, 25. Son sus palabras al levantar la copa, como quien brinda ex-pre­sando un deseo; son palabras de fe en su futuro junto al Padre con todos los comensales a su lado. Sabe que continuará la obra del Reino de Dios que él predicó y fundó. ¿Qué entendieron los comen­sa­les en aquella hora?

Nosotros somos afortunados porque la experiencia de la Resu­rrec­ción que tuvieron los primeros discípulos, nos da el pleno sentido de la “nueva y eterna alianza” que por la sangre de Jesús tenemos con Dios. “¿Quién nos apartará del amor de Cristo?”. Romanos 8,35. “¿Cómo pagaré al Señor todo el bien que me ha hecho? Al­zaré la copa de la salvación”. Salmo 116, 13.

 

“¡El cuerpo de Cristo!... ¡La sangre de Cristo!”

El pan del cielo fraccionado, que recibimos en la comunión, nos asi­mi­la a Jesús muerto y resucitado. Su sangre nos transfunde su vida, la eterna, la que tiene junto al Padre, la que nos hace crecer en no­so­tros el Espíritu Santo durante nuestra vida mortal.

Su­peremos la rutina y ahondemos en el misterio de esta realidad ca­paz de transformar nuestra persona desde lo más profundo. Con su fuer­za podemos y debemos contribuir en la construcción de un mundo nuevo, fundado en el amor, la justicia y la paz.

 

Llorenç Tous