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DOMINGO DE RESURRECCIÓN 2016

“Si confiesas con la boca que Jesús es Señor, si crees de corazón que Dios lo resucitó de la muerte, te salvarás”. Romanos 10, 9.

Afortunadamente en nuestros tiempos todo el que intente ma­durar su fe y crecer en el conocimiento de Dios con una actitud más adul­ta,tiene no pocas posibilidades escritas y de palabra, con hechos y al lado de personas y comunidades. Se entiende que la persona se in­te­resa de verdad y busca. Pero este día hemos de dar por su­puesta esta actitud con el proceso que conlleva.

Hoy es el dia de proclamar nuestra fe en la resurrección de Jesús con toda la Iglesia universal y saborear su luz, su alegría y su fuerza sal­vadora.

El evangelio de hoy nos indica el camino para llegar a esta meta, cuando describe el final de aquella carrera matinal: “vió y creyó”.

María Magdalena al final de su proceso de fe, con la ayuda del mis­mo Jesús, cayó en la cuenta de que su Señor había pasado a otra dimensión de vida, aún siendo la misma persona tan querida por ella.

Pasar de este mundo a lo trascendente no puede ser obra de nuestros sentidos, como intentaba María Magdalena ungiendo su cuer­po, sino que sólo la fe nos puede introducir en el mundo de Dios. El mismo camino necesitamos seguir nosotros, si queremos en­­contrarnos con nuestro Señor resucitado.

El encuentro es tan extraordinario que transforma el paradigma vi­tal de quien ha gozado de tanta suerte salvadora. María corrió a ca­sa de los apóstoles, les puso en camino velozmente, también ellos co­rrieron. Jesús les ayudó a ver el misterio patente en los signos de su nueva presencia: el orden, la paz y el vacío. Detalles de un men­saje cuyo sentido ”vieron y creyeron”.

Sin la ayuda de Dios mediante “los signos”, no podemos hacer­car­nos al misterio. Sin la fe tampoco tenemos luz para inter­pre­tar­los, pero si damos el paso con la fe de la Iglesia que nos conduce has­ta la fe de los apóstoles, entonces estamos salvados.

La salvación cristiana es la luz que nos da sentido desde Dios a to­do, comenzando por nuestra historia y realidad personal. Sentido, se­rena paz de quien se siente perdonado, capaz de emprender con áni­mo la vida, afrontando sus retos, aceptando sus problemas y con­fiando en alcanzar en Dios ya ahora una relativa plenitud que con­sigue su totalidad en la eternidad.


LAS “APARICIONES” DEL SEÑOR RESUCITADO

 

1. El primero que las menciona es san Pablo en 1 Corintios 15, 1-8, escrito del año 56, por tanto anterior a los evangelios, donde di­ce transmitir lo que él había recibido anteriormente. Se trata, pues, de una tradición anterior a él que viene de los apóstoles como sus primeros testigos.

2. Todos traducen su texto griego, (ofze, en voz media = re­fle­xiva, del verbo “orao”= ver), literalmente: “se dejó ver”. La acción re­flexiva es de Jesús sobre sí mismo para permitir ser visto del tes­ti­go al que quiere manifestarse. Sin esa acción de Jesús era imposible con­tac­tar con el Resucitado, que ya estaba con Dios, “en la otra orilla”.

3. Jesús ya ha sido glorificado, es el mismo pero con otra vida, la de Dios. De ahí la dificultad en reconocerle. Pero Jesús inicia el pro­ceso, como su máximo regalo, sin el cual sería imposible conectar con Él, porque ya “está a la diestra de Dios Padre”. Aún así, los pri­meros testigos para “llegar a creer lo que ven” les supone superar un proceso anteriormente descrito: sorpresa, miedo, duda, etc.

4. Las apariciones de Jesús resucitado en los evangelios pueden entenderse de dos maneras. Unos teólogos dicen que Jesús resu­ci­tado, regresó a nuestro mundo con su cuerpo de antes y convivió con los primeros testigos un tiempo más o menos breve, después vol­vió a su estado glorioso; entre estos autores está Benedicto XVI. Di­cen que hay otras maneras desconocidas de “vivir con el cuerpo”. És­ta sería una de ellas.

Otros no aceptan ese estado alternativo entre vida corporal y vida gloriosa en la misma persona porque es como jugar con el su­je­to. Esos interpretan las apariciones de los evangelios como una cate­­quesis teatralizada en una cultura que no era capaz de separar la per­sona de su cuerpo, identificaban los dos elementos: persona – cuerpo. Para esta cultura, la que reflejan los evangelios, si no hay cuerpo, no hay persona.

La intención de los evangelistas era decir claramente que “no só­lo resucitó el alma de Jesús, sino toda su persona”. No sólo su di­men­sión espiritual, sino “Jesús entero”. Por ese motivo “teatralizan” el encuentro con las manos, la comida, la conversación, etc. Un en­cuen­tro que nunca sabremos exactamente cómo fue; siendo personal, histórico y real, fue “celestial y divino”.Yo prefiero esta se­gunda interpretación.

5.- Según esta segunda opinión la “corporeidad” de todo ser hu­mano no radica en el cuerpo ni en sus partes, sino en su “yo”, origen de la vida recibida de Dios. Este “yo” de cada uno va asu­miendo como parte “constitutiva” de su persona, todo lo que vive con el cuerpo (que es “todo, incluso lo que decimos síquico o espi­ritual”) durante sus años en este mundo. Al morir, su cuerpo queda en la tierra, pero él sigue con la vida que Dios nos dio. El nunca nos la retira porque Dios nos la da por amor sin límite, no por necesidad ni por interés, sólo para nuestro bien.

Por la muerte pasamos, como Jesús al resucitar, más allá del lugar y del tiempo; como Él alcanzamos “la otra orilla”, donde está Dios en propiedad. Nuestro “yo” lleva consigo (como dentro de una mo­chila a su espalda) toda su vida vivida con el cuerpo en este mun­do, por tanto sigue siendo una persona corpórea, aunque sin su cuerpo.

Por eso podemos hablar “a lo humano” con Jesús resucitado y con los nuestros ya fallecidos, y nuestra comunicación humana les lle­ga porque tanto Jesús resucitado como los nuestros fallecidos, siguen siendo “humanos”, con toda su persona, aunque no tengan cuer­po.

Más aún, su proximidad cerca de Dios, potencia en ellos todo bien. Nos aman más que durante su vida en este mundo; su estado glorioso, como el de Jesús, les convierte en nuestros mejores apoyos; su cercanía es para nosotros como la de Dios.

Aquí ha entrado en juego la fe y el sentido de la muerte que ella nos da: la muerte nos devuelve a nuestro origen, a los brazos de Dios, Creador y Padre, origen de nuestra vida y promotor de la salvación que Jesús nos ha merecido.

                                                                 Llorenç Tous