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5º DOMINGO DE CUARESMA (C)

“Mirad que realizo algo nuevo”

   La novedad está en la renovación profunda que comienza con la con­ver­­sión a Jesús y a su evangelio desde el corazón de cada uno. Re­quie­re su­perar la religiosidad popular y convertirla en una fe adulta y com­pro­me­tida en este mundo injusto y opresor; esta conversión tie­ne que im­pli­car las estructuras de la misma Iglesia.

   La historia demuestra que la novedad provoca cambios, conver­sión y pro­greso, aunque sea en medio de rechazos y desconcierto. El mie­do es un mecanismo de defensa ante todo lo nuevo; necesita ser tra­tado para que no sea un freno insuperable. Dios siempre es “algo nue­vo” para el cre­yente que ha puesto en Él su esperanza; los que tie­nen motivos para es­perar y luces para entender, aprovechan lo nue­vo para crecer y fruc­ti­fi­car.

   La novedad es exigida no sólo por Jesús y su Evangelio, sino por nues­tro mundo, cuya mentalidad evoluciona y cambia para bien y pa­ra mal, las dos cosas a la vez.

   Las palabras del profeta Isaías, son un oráculo de salvación que fun­da­men­ta su mensaje esperanzador recordando historias pasa­das, y hechos actua­les; anuncia un futuro que los supera todos.

   Es un deber de justicia la memoria del pasado, pero no se puede con­vertir en una fuga nostálgica ante los retos del presente. “Olvidándome de lo que queda atrás y lanzándome hacia lo que está por de­lan­te, corro hacia la meta, para ganar el premio, al que Dios desde arri­ba llama en Cristo Jesús”. Filipenses 3, 13-14.

 

“-Mujer, ¿dónde están tus acusadores?” Juan 8, 1-11

   Los sabios letrados y los observantes fariseos, pretendiendo sa­car en pú­blico contradicciones en la doctrina de Jesús, caen ellos en la trampa. Su planteamiento realza todavía más la superioridad del Maes­tro que, sen­tado y como ajeno a sus “ejemplares acusaciones”, no entra al trapo. Es una estampa teatral y dramática. Jesús deja que el silencio separe los dos frentes, después se pone en pie y lanza una pro­puesta que cae como un dardo encendido sobre sus enemigos: “El que esté sin pecado, que le tire la primera piedra”. La hipocresía y la injusticia quedan ver­gon­zo­samente delatadas, porque “al oírlo, se fueron escabullendo uno a uno, comenzando por los más vie­jos”. Aquellos que pretendían ser los garantes de la moralidad y de la observancia de la Ley, no la obser­van y pecan como los que ellos acusan.

   Eliminado el enemigo, Jesús tiene el terreno libre para proclamar cla­ra­mente su mensaje salvador. Esta es la gran novedad res­pecto a toda la ley de Moisés tan defendida por los sabios letrados y los observantes fa­ri­seos. Ésta descargaba todo su rigor sobre la mujer, en cambio dejaba im­punes a aquellos hombres con cartel de justos.

   Jesús se enfrenta hasta con la misma Ley de Moisés, no dis­tin­gue en­tre el delito del hombre o de la mujer. Respeta la dignidad de aquella mu­jer humillada, se pone en pie y, después de ironizar sobre la conducta de los acusadores, le dice: “Tampoco yo te condeno. An­da, y en ade­lante, no peques más”.

   Así comenzó una nueva relación entrañable y salvadora entre Jesús y aquella mujer. Es lo menos que podía ocurrir y es normal que en ade­lante ella fuese una más de las que le seguían y cuidaban.

   Los mensajes de las lecturas de hoy ya nos introducen en la no­ve­dad de la Resurrección del Señor que pronto celebraremos como me­ta de la Cua­resma.

  Llorenç Tous