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4º DOMINGO DE CUARESMA (C)

   El evangelista Juan nos regala hoy uno de sus “signos” que completa el pro­ceso de la fe que inició Abraham, seguido por Moisés y que este ciego de na­cimiento, dirigido por Jesús, perfeccionó hasta “romper con su pa­sa­do, lavarse en la piscina de Siloé (en aguas bautismales) y ver a Je­sús en el centro de su vida.

   Esta es la meta y el fruto de la fe.

   “Se sentaba a pedir… vete… él fue”. Siempre que Jesús se acerca, se nos descubre una nueva luz sobre la realidad, porque su persona nos acer­­­ca el amor del Padre. El que obra en consecuencia del nuevo plan­tea­miento de la realidad, recibe de Dios lo que nunca hubiera imaginado. Pe­ro ha de obe­decer a la llamada aunque sea difícil.

   “Se lavó”. Las aguas de Siloé son las de Jesús (Siloé significa “En­via­do”, [un título de Jesús en este evangelio]). Son como las aguas del Jor­dán que los pies de Jesús transformaron para que prefigurasen las de nues­tro bautismo.

   “Los vecinos… preguntaban”. Sólo el que ha pasado un proceso si­mi­­lar, entiende lo que obra la gracia de Dios en un corazón obediente a la lla­ma­da de la gracia. En medio del desconcierto de los ajenos al pro­ce­so, el creyente tie­ne un lenguaje parecido al del Maestro: “Soy yo”.

   “¿Cómo se te han abierto los ojos?”. “Contempladlo y quedaréis ra­­diantes”. Salmo 33, 6. La iluminación viene del Espíritu Santo que nos va di­la­tando el corazón para infundirnos el don de sabiduría.

   “Tenga iluminados los ojos de vuestra mente”. Efesios 1, 18. Es una petición de san Pablo para sus cristianos; repitámosla nosotros. Has­ta que ama­nece esta aurora, andamos como “niños, juguete de las olas, zaran­dea­dos y a la deriva”. Efesios 4, 14.

   Este amanecer en nuestro interior puede estar rodeado de tinieblas, las del mundo en el que Dios no ha amanecido; el contraste es notable, pero el ilu­minado está firme a pesar de su aparente soledad. La luz de Jesús des­lumbró a to­dos los habitantes de Jerusalén, desde las autoridades has­ta los padres y los ve­cinos del ciego. Él crecía en seguridad y firmeza a medida que la oposición a Je­sús se reforzaba desde los baluartes de la tra­dición: “No viene de Dios… es un pecador... -Es un profeta”.

   Por desgracia en este proceso de la fe no todos arriesgan con valor y li­­ber­­tad lo que haga falta, porque no quieren perder ciertas ventajas. ”Sus pa­dres… tenían miedo a los judíos”. Crecer en la fe supone un re­ajuste de to­da la persona, de sus valores, su vida, sus relaciones, su com­promiso social, en una pa­labra, es una conversión creciente, un cam­bio progresivo.

   Este proceso conlleva rupturas que se hacen gozosamente con la gra­cia de Dios que nunca falta, pero que no evita esfuerzo, ni el riesgo, ni a veces do­lo­ro­sas consecuencias. “Empecatado naciste tu de pies a ca­beza… y lo expul­saron”.

  Los excluidos de la sociedad por motivos sociales, culturales, econó­mi­cos o religiosos, quedan hundidos en un pozo de soledad, indefensos an­te la vi­da, condenados a hundirse cada vez más en su miseria. Una sociedad injusta o una mentalidad fanática o intolerante, produce exclusión por natura­leza. Así era la sociedad judía en tiempos de Jesús. Así sigue siendo la economía mundial y la men­­ta­lidad de muchos co­lec­ti­vos sociales o religiosos.

   Jesús se hace encontradizo en estos lugares donde se concentra la mi­se­ria como en el campo de huesos secos que vio el profeta Ezequiel; tam­bién en los campos de concentración nazis estuvo misteriosamente pre­sente.

   Su salvación se describe así: “Oyó Jesús que lo habían expulsado, lo encontró”. En el fondo de estos pozos de soledad, de pobreza o de im­po­tencia, aparece Jesús al que lo invoca; calma vientos y tem­pes­ta­des, serena el mar y cambia radicalmente la situación. Salva, sorprende y crea.

   ”-¿Crees tú?”. Después de la ruptura necesaria, Jesús sorprende y re­plan­tea todo. Nuestra sociedad materializada crea injusticia y miseria, mu­chos cristianos no pasan más allá de una rutinaria religiosidad po­pu­lar, añoramos profetas que nos hablen de Dios y contagien su experiencia.

   Los ojos de aquel mendigo ciego, que nos representa a todos ante Je­sús, después de lavarse en la aguas del “Enviado-Siloé”, se estrenaron con­tem­plando a Jesús, su Salvador. Admirado ante su rostro, descubrió por Él el amor del Padre, la verdad de Jesús y la belleza del mundo. Fue su experiencia cumbre que le rindió con gozo a los pies de Jesús: ”-Cre­o, Señor. Y se postró ante él”.

 

                                                             Llorenç Tous