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3º DOMINGO DE CUARESMA (C)

“He visto la opresión de mi pueblo”

   La liturgia de la cuaresma nos guía en el camino de la salvación. El do­min­go pasado nos mostró el primer pacto, el de Dios con Abraham, el funda­dor del pueblo elegido. Descendiente de Abraham será Jesús, el Salvador del mundo.

   Hoy avanzamos y nos detenemos en la segunda etapa, la liberación de es­­te pueblo de la esclavitud de Egipto. Dios se servirá de Moisés para libe­rarlo, como se sirvió de Abraham para fundarlo.

   En ambas etapas la iniciativa amorosa y gratuita fue de Dios, los dos per­so­najes, Abraham y Moisés, aportarán su fe en Dios.

 

“Te envío al Faraón para que saques de Egipto a mi pueblo”

   La vocación de Moisés es una revelación fundamental de cómo es Dios: –He visto la opresión de mi pueblo en Egipto, he oído sus que­jas con­tra sus opresores, me he fijado en sus sufrimientos. Y he baja­do a librarlos de los egipcios… para llevarlos a una tierra fértil y espa­ciosa”.

   Dios se siente responsable de los hombres que ha creado para vivir en paz y alegría, no consiente que sean maltratados ni oprimidos y pondrá to­dos los medios necesarios para que su dignidad sea respetada.

   Moisés será su instrumento para llevar a cabo el proyecto liberador. Moi­sés, educado milagrosamente en la corte del Faraón, había huido al desier­to para salvar su vida, estaba casado y con hijos, ejercía de pastor y se había olvidado totalmente de sus paisanos.

   Dios irrumpe en su vida para confiarle una misión trascendental: en­fren­tar­se con el Faraón, el hombre más poderoso del mundo, para arrancarle a los israelitas y dejarle sin mano de obra barata. Dios quiere asentar a su pue­blo en la Tierra Prometida a Abraham.

   El proyecto es para asustar a cualquiera. Moisés no sabe todavía con quien habla, su vida está programada con otro fin muy diferente; dejó hace tiem­po la sociedad, ahora tiene su familia y es un pastor del desierto. Por aña­didura le cuesta hablar.

   Como Abraham tuvo que fiarse de Dios ante lo aparentemente imposible, igual­mente Moisés ve la dificultad de esta misión y le cuesta fiarse de Dios. Al principio del encuentro lo da por imposible, se inventa toda clase de difi­cul­tades para evitar una misión tan alta, tan difícil y tan ajena a su vida actual.

   La pedagogía de Dios muestra sus habilidades. Se identifica como el que da el ser, el que hace existir, o sea el Creador universal, del que depende to­do, también el Faraón.

   Al mismo tiempo se define de una forma concreta: ”Yo soy el Dios de tu padre, el Dios de Abraham, el Dios de Isaac, el Dios de Jacob”. Moi­sés puede entender que Dios tiene ya una larga historia con sus ante­pa­sados; promete y es fiel; acompaña y vela por su pueblo.

   A esta anterior historia de Dios con su pueblo, ahora quiere añadir una nueva etapa, la liberación de la esclavitud y el regalo de una tierra donde asen­tarse, la que ya prometió a Abraham. La propuesta es capaz de entu­sias­mar a todo el que crea en el hombre y en su libertad.

   Pero tanto Moisés como su pueblo no conocen el sabor de esta palabra, li­ber­tad. Moisés es feliz en el desierto con su familia y sus ovejas, no quiere cam­biar hacia lo desconocido al precio de tenerse que enfrentar con el Fa­raón.

   Tampoco lo comprenderá el pueblo, acostumbrado a comer y trabajar, aun­que sea como esclavos, porque no ha conocido nunca la libertad, no sa­be lo que es y por eso no la desea. Menos la deseará cuando experimente las dificultades y los problemas por los que tiene que pasar para obtenerla.

   El primer paso es convencer a Moisés de su valiosa misión de liberador, de lo contrario no podrá convencer al pueblo. Por eso Dios le comprende, pa­cientemente le escucha y responde a todas las numerosas dificultades tras las cuales Moisés se parapeta. Todas las respuestas de Dios son el de­sa­rrollo de la primera:”-Yo estoy contigo”.

 

Algunas esclavitudes

   La primera se llama materialismo de la que sólo nos libran los hombres li­bres, cuyo sentido de la vida contagia fuertes dosis de espiritualidad, como la irradiación de la verdad, de su honradez y de su adoración a Dios por en­ci­ma de todos los demás valores.

   Otra esclavitud es la ignorancia; no es cultura la que enseña a manejar má­quinas ni la que acumula fardos en la memoria, sino la que hace al hom­bre a ser el mismo y situarse correctamente en la sociedad, con justicia y so­li­daridad.

 

                                                                      Llorenç Tous