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LA TRANSFIGURACIÓN

 

“¿Cómo está la deidad en la carne? Responde el divino Basilio: “Como el fuego en el hierro: no mudando lugares, sino derramando sus bienes; que el fuego no camina hacia el hierro, sino, estando en él, pone en él su cualidad y, sin disminuirse en sí, le hinche todo de sí y le hace partícipe. Y el Verbo de Dios de la misma manera hizo morada en nosotros, sin mudar la suya y sin apartarse de sí”.

Fray Luís de León. De los nombres de Cristo. Barcelona 2008. p.365 

El fuego material, en aplicándose al madero, lo primero que hace es comenzarle a secar, echándole la humedad fuera y haciéndole llorar el agua que en sí tiene; luego le va poniendo negro, oscuro y feo, y aún de mal olor, y, yéndole secando poco a poco, le va sacando  a luz y echando afuera todos los accidentes feos y oscuros que tiene contrarios al fuego; y, finalmente, comenzándole a inflamar por de fuera y calentarle, viene a transformarle en sí y ponerle tan hermoso como el mismo fuego”.

San Juan de la Cruz. Noche oscura. Capítulo 10. Obras completas. Madrid. 3ª Ed. 1988. 

Fr. Luís escribía este libro en la cárcel de la Inquisición, en Valladolid, donde estuvo preso desde 1572 hasta 1576. San Juan de la Cruz, encerrado  nueve meses de 1578  en un rincón oscuro de Toledo, cargado de harapos y piojos, torturado física y moralmente por los suyos, comenzó a escribir en trozos de papel, los versos que vetrebran sus obras. 

Estos dos párrafos, el primero describiendo la Encarnación del Verbo y el segundo, la purificación de la persona para unirse con Dios, pueden aplicarse a la Transfiguración del Señor, en cuanto por la cuaresma  se nos aplica a nosotros como anticipo de nuestra resurrección pascual. 

“Contempladlo y quedaréis radiantes”. Salmo 33,6. 

Después de la “adoración” de la que hablé el primer domingo de cuaresma como actitud fundante con la que venció Jesús la tercera tentación del diablo, sucede la “contemplación”, como un camino para avanzar hacia la Pascua del Señor y la nuestra. 

Es una actividad pasiva, como un abrir la ventana al sol para que la luz llene la casa. Como si un sordo liberase su oído y comenzase a  enterarse de otra manera de recibir comunicaciones; por sonidos nuevos; le sorprenderían multitud de mensajes que le ofrecerían una nueva realidad, enriquecedora, destructora de su aislamiento. Otro horizonte vital se abriría a sus ojos. 

Quiero decir que esta contemplación es dejar hacer al Espíritu su obra en nosotros según un proyecto mucho más amplio del que sólo Él tiene la visión de conjunto. “Nos vamos transformando en su imagen con esplendor creciente, como bajo la acción del Espíritu del Señor”. 2ª Corintios, 3, 18. 

Esta actitud que supone escucha, obediencia, paciencia y docilidad, no podrá comenzar hasta que cada uno afronte su propia verdad sin miedo, sin excusas ni rebajas, lo cual nos lleva a invocar a Dios desde nuestra pobreza, para luchar contra los restos de pecado que todos llevamos dentro con más o menos cantidad. Es nuestra parte activa de la contemplación. 

Entre tanto la acción de Dios en nosotros, cuando encuentra la puerta abierta, transforma como le place lo que ve a su paso. Se sirve de cosas de cada día, de antes o de hoy, nuestras o de otros, alegres o tristes. Si observáis cómo la cigüeña construye y cuida su nido, preguntadle quien le enseñó. Su Maestro sabe, es antiguo de días. Esto segundo es obra de Dios, el aspecto pasivo de la contemplación. 

Si el hierro y el madero pudiesen decir lo que sienten a medida que el fuego les penetra y tranfigura, hablarían como Job o con palabras del profeta Jeremías. “Me ha clavado en las entrañas las flechas de su aljaba”. Lamentaciones 3,13. “Vivía yo tranquilo cuando me trituró, me agarró por la nuca y me descuartizó, hizo de mí su blanco”. Job 16, 12. 

La causa de tanto dolor es porque  descubrimos lo que tenía de ídolo el dios al que antes  adorábamos y en consecuencia quedamos  en un  vacío estructural, sin arrimo, en busca de otro paradigma vital, del Dios verdadero. 

En el silencio dolido y esperanzado, con la pobreza del mendigo en el que Dios ha fijado su mirada, este proceso tranfigurador conduce a una vida nueva por gracia del Padre de las misericordias: “Lo que ojo no vio, ni  oído oyó, ni mente humana concibió, lo que Dios preparó para quienes lo aman”. 1 Corintios 2,9.

 

Llorenç Tous