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LA ASCENSIÓN DEL SEÑOR (B)

Comentario al evangelio: Marcos 16, 15-20

El gran misterio del silencio de Dios ante la muerte de Jesús en cruz y la de tantos otros crucificados del mundo, se iluminó con la resurrección de Jesús el día de Pascua. Del mismo modo se ilumina el misterio del pecado en la Iglesia y en el mundo, por  la vida nueva de tantos cristianos y la heroicidad de tantos hombres de buena voluntad.
 
En medio de este contraste de luz y tinieblas, de pecado y esperanza, peregrinamos hacia el Señor bajo la guía de su Espíritu. Éste nos asiste con especial solicitud desde que Jesús subió a los cielos, después que Jesús le encomendó el camino de los suyos hacia la verdad plena. “El Espíritu de la verdad os guiará hasta la verdad plena”. Juan 16, 13.
 
Desde la ausencia física de Jesús, comienza el tiempo de nuestra responsabilidad. El Maestro nos dejó equipados con todo lo necesario, para crecer en libertad hacia la meta del amor creador que Él había alcanzado.
 
La creatividad nos hace capaces de gozar de una relativa plenitud y de transformar la realidad en casa de Dios. “No os dejo huérfanos”. Juan 14, 18. El secreto de la creatividad que cada nueva situación requiere, está en Jesús, nuestro camino y en su Espíritu, nuestra fuerza.
 
La Ascensión de Jesús a la gloria del Padre, presentada como la ascensión de Elías al cielo (2 Reyes 2, 11), coloca arriba, en el cielo, nuestro referente orientador, mientras peregrinamos en la fe. Cautivos y como trofeo llevó consigo los obstáculos que frenan nuestro crecimiento: el miedo a la muerte, los odios que dividen y matan, la ignorancia que no ha descubierto el amor, la falta de esperanza, la fragilidad del barro humano. 
 
Venció a la muerte; nos constituyó en hijos de Dios y hermanos entre los hombres; abrió la fuente de la esperanza; mostró el rostro amoroso de Dios Padre; infundió su Espíritu en nuestro barro.
 
Para los cristianos la muerte de una persona muy querida, nos conecta con el cielo de un modo nuevo y permanente. Desde el cielo, junto a Dios, aquella persona sigue a nuestro lado con la actitud del amor renovado y ampliado por su proximidad con Dios; la fe y el amor son para nosotros el vínculo que nos emparienta con los que ya llegaron. Especialmente en la celebración de la eucaristía nos constituimos en familia.
 
Los que hayan experimentado esta vivencia de la fe, tan humana y consoladora, tienen dado un paso previo para vivir con especial gozo y con firme esperanza, la Ascensión del Señor que hoy celebramos en la  iglesia  universal. Su Ascensión, que es otro aspecto de su Resurrección, fundamenta la esperanza de la resurrección de los nuestros que ya se acercaron a la presencia de Dios. Ellos junto al Señor Resucitado, son  la meta de  nuestra resurrección, hacia la cual estamos peregrinando.
 
“Confirmaba la Palabra con los signos que los acompañaban”.
 
El evangelio de hoy es parte de un catecismo que resume los relatos pascuales con la intención de proclamar  y enseñar la fe de la comunidad cristiana. Sin ser de Marcos, ya está citado como de este evangelio por san Ireneo que falleció el año 202. Los once (ya no cuenta con Judas) reciben la tarea de misionar por todo el mundo y a toda la creación. Se les prometen signos milagrosos como confirmación a los que hayan creído.
 
Signos de haber creído, son los que nos colocan en ruta tras los pasos de Jesús, tales como la fuerza en la debilidad, la paz en medio de la persecución, la alegría al devolver bien por mal, la sencillez unida a las riquezas del Espíritu, la esperanza que da creatividad ante los retos de un cambio cultural, los grandes frutos evangélicos de las pequeñas semillas.
 
Llorenç Tous

“Este tesoro lo llevamos en vasijas de barro, para que se vea que esa fuerza tan extraordinaria es de Dios y no viene de nosotros. Nos aprietan por todos lados, pero no nos aplastan; estamos apurados, pero no desesperados; acosados, pero no abandonados; nos derriban, pero no nos rematan; paseamos continuamente en nuestro cuerpo el suplicio de Jesús, para que también la vida de Jesús se transparente en nuestro cuerpo”. 2 Corintios 4, 7-10.