Tornar al llistat

BAUTISMO DEL SEÑOR (C)

Cuando los pies de Jesús de Nazaret bajaron a las aguas del río Jordán pa­ra recibir el bautismo de conversión que Juan predicaba, éstas no se de­tu­­vieron, como las del Mar Rojo ante el bastón de Moisés, sino que si­guieron su camino hacia el Mar Muerto, siendo ellas una nueva fuente de vida, muy superior a la que vislumbró Ezequiel durante el destierro. Ezequiel 47, 1-12. 

Jesús de Nazaret acababa de cruzar una frontera, la que separa lo divino de lo humano, el cielo de la tierra. Se puso a la cola de los pecadores, soli­ci­tando el rito de iniciación para un cambio de vida y de sociedad. 

¿Cómo no va a admirarse la corte de los ángeles, al verle confundido con no­sotros, pecadores de barro quebradizo? El que vino a quitar el pecado del mun­do, sabía lo que hacía, porque no quería salvarnos desde fuera y de le­jos, sino mezclándose con nosotros, los pecadores, “haciéndose seme­jan­te a los hombres“. Filipenses 2,7. Por eso las aguas del río Jordán, an­te tan humilde normalidad, siguieron su curso llevando en su seno el mis­terio de lo que acababa de ocurrir. 

El misterio consiste en que por el contacto con los pies del Salvador, el agua, elemento tan humilde como fundamental, quedó constituida en tes­ti­go del comienzo de la salvación y en vehículo apto para transmitir la gracia vivi­ficante y purificadora del Espíritu Santo. El agua quedó establecida co­mo testigo privilegiado de la unión del Hijo de Dios con la humanidad, por lo cual se cumplirán las palabras del salmista “el correr de las acequias ale­gra la ciudad de Dios”. Salmo 45, 5. 

¿Qué había ocurrido en el interior de Jesús? A juzgar por su nueva vida de predicador itinerante tuvo que ser una experienza profundísima que los evan­gelistas intentan expresar con una teofanía de la Santa Trinidad: “Mien­tras oraba, se abrió el cielo, bajó el Espíritu Santo sobre él...y vi­no una voz del cielo: -Tu eres mi Hijo, el amado, el predilecto”. 

Hoy hemos de renovar nuestro bautismo por el que optamos por seguir a Je­sús y dejarnos constituir en hijos de Dios por obra del Espíritu Santo re­ci­bi­do. No nos perdamos la gracia y el gozo de sentirnos tan queridos por el Pa­dre que nos ha introducido en su familia. El fuego del Espíritu puede consumir toda la flaqueza de nuestro barro y transformarlo en un vaso sólido que contiene la abundancia de este mismo Espíritu. 

Llorenç Tous