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SAGRADA FAMILIA (C)

“Y Jesús iba creciendo en sabiduría, en estatura

y en gracia ante Dios y los hombres”

 Jesús niño en Nazaret iba abriéndose al mundo, —¡admirable humildad de Dios casi incomprensible!— por medio de todas las normales experiencias que todos hemos vivido en nuestra familia. No todos, pues son muchos los pe­que­ños que desde que nacieron sufren toda clase de turbulencias, testigos de ello son los hijos de los prófugos, entre otros muchos que ni emigrar pueden. 

La meta deseada es que los padres puedan ver crecer a sus hijos en paz, que puedan trabajar para ganar el pan, que presidan el revoloteo de los ami­gos que se acercan, de los que algunos anidan en la familia y la aumentan. 

En el centro del hogar está el amor que da sentido a todo, que va cre­ciendo si se alimenta debidamente. Cuando la fe va paralela con el amor, éste se robustece y anuda más con los años, los dolores y las alegrías. Entonces los padres son los primeros testigos de Dios y del evangelio para todos sus hi­jos, de palabra y con el ejemplo. 

Ante las graves crisis con las que la mentalidad moderna ataca los fun­da­men­tos de la familia cuando no cuenta con Dios, la estampa de Jesús, María y Jo­sé en Nazaret, aparece como idílica y muy lejana a la realidad de muchos ho­gares. Con más motivo hemos de luchar por la salud integral de la ins­ti­tu­ción familiar, los que hemos tenido el regalo de haber nacido y crecido en una familia que todavía puede considerarse normal y cristiana. Todos po­de­mos aportar algo para que se humanicen las relaciones familiares y se acerquen a la fe.

La educación, la cultura y la fe son los grandes recursos para que el amor en una familia siga siendo el tronco vital que todo lo sostiene, lo emprende y lo consigue. Nadie que sea consciente de lo que está pasando en el mundo, en­tre jóvenes tanto como entre los mayores, puede sentirse dispensado de apo­r­tar lo que esté en su mano, para que la convivencia entre familiares y ami­gos sea humana, grata y positiva.

 

María, la Madre de Jesús tenía la luz de toda persona contemplativa que, ade­más de la satisfacción propia de toda madre viendo crecer a sus hijos, go­za­ba de una especial ayuda de Dios. José, trabajador y responsable, interceda pa­ra que todos los padres, unidos a su esposa, puedan ganar el pan y sepan edu­car a sus hijos.

 

 

                                                                                 Llorenç Tous