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33º DOMINGO ORDINARIO (B)

“Después de esa gran angustia, el sol se hará tinieblas…verán venir al Hijo del hombre sobre las nubes con gran poder y majestad” 

El año litúrgico acaba con palabras del género apocalíptico sobre el final de la historia que necesitan ser complementadas con otras del mismo Jesús, como éstas: “Venid, benditos de mi Padre… porque tuve hambre y me disteis de comer… estaba enfermo y me visitasteis”. Mateo 25, 34-36. 

Para actualizar el mensaje apocalíptico en nuestra cultura que ha­bla de muchos millones de siglos sobre el origen del cosmos y cuyo fi­nal es muy difícil de imaginar, escuchemos antes la pregunta de Pe­dro y Santiago, Juan y Andrés a Jesús, la que dio origen a la res­puesta del evangelio de hoy: -“¿Cuándo sucederá todo eso?”. Marcos 13,4. 

El género apocalíptico del evangelio de hoy tiene un paralelo en el li­bro del Apocalipsis; allí se describe el mismo tema mucho más am­pliado. Simbólicamente se cuentan las batallas con los enemigos de Dios, las victorias y los premios de los vencedores. 

El final de una época, cultura o pueblo pertenece a otros campos, pe­ro el final de cada uno de nosotros en este mundo está casi en el cen­tro de nuestra fe. Casi, porque más adentro está el Señor resu­ci­tado y antes, nuestros compromisos en el mundo. Nuestro final en este mun­do está unido con el día de nuestra muerte y para este tema te­ne­mos mucho que decir desde la fe. 

Sigamos con los cuatro discípulos que siguieron preguntando a Jesús: ”Cuál es la señal de que todo está para acabarse?”. To­dos conocemos señales del final de nuestro cuerpo; todos las hemos vi­vido en casa, junto a los amigos, o las tenemos en nuestras propias car­nes. Todos son días de salvación, muy cercanos a Dios, “sabed que él está cerca”. Para nosotros, los creyentes, son un eco del mis­terio de la Encarnación, pues en la flaqueza y debilidad se mues­tra la presencia de Dios. La exhortación a la atenta vigilancia de la que nos habla el evangelio de hoy, no conoce el miedo propio del que no tiene fe; el creyente tiene luz para interpretar los signos de los tiem­pos, también los de un final, tanto si es de una época como si es de su propio cuerpo. Por eso el cristiano lo deja todo en la paz y ama­nece confiado en los brazos del Padre. 

Llorenç Tous