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29º DOMINGO ORDINARIO (B)

“Este Hombre no ha venido para que le sirvan sino para ser­vir.”

Nuestro primer servicio obligado es el cumplimiento del deber en el pues­to que la vida nos haya dado. El deber es nuestra primera misión pa­ra la que no hay dispensas ni excusas.

Servicio es también el ejercicio del poder en cualquiera de sus cam­pos, pero en general acaba sufriendo la corrupción, porque en gene­ral otros intereses cambian el servicio en opresión más o menos ve­lada.

L­a familia es una suma de servicios, en gran parte no considerados ni te­nidos en cuenta por la sencillez y el amor con que se prestan. To­das las amas de casa bien lo saben.

El servicio más parecido al de Jesús es el totalmente gratuito, así lo des­cribe en Lucas 14, 12-14: “Dichoso tu, porque no pueden pa­gar­te”.

Todos los servicios son necesarios e importantes, aunque unos sean más decisivos que otros. El servicio ha de prestarse con alegría, o sea, sin sentirse superior al que servimos, de lo contrario se convierte en una humillación. San Pablo lo dice claramente: “El que alivia, de buen humor “. Romanos 12, 8.

Todos servimos para algo y es con la colaboración de muchos como se van consiguiendo objetivos importantes.

Jesús entiende su misión como un servicio universal y nos previene con­­tra las sirenas del poder cuando  el servicio se contamina de orgullo o poder.

Jesús se dedicó preferentemente a los excluidos de aquella sociedad, a los pobres, a los enfermos, tenidos por castigados de Dios, a los pu­blicanos, que eran ladrones,a mujeres de la vida. Para todos tuvo una actitud de acogida y un gesto salvador.

Jesús instituyó el servicio como esencia de la eucaristía, lo dijo cla­ra­men­te en la Última Cena, después de lavar los pies a sus discípulos: ”Os he dado ejemplo para que hagáis lo que yo he hecho”. En las periferias de la sociedad, a las que nos envía el Papa de palabra y con su ejemplo, tenemos nuestra misión de servicio.

Servir a los demás sin otro afan que buscar su bien, es una conse­cuen­­cia del sentirnos tan queridos y protegidos por Dios; las nece­si­da­des del prójimo nos ayudan a devolver de alguna manera tantos bie­nes que Dios nos ha regalado, algunos antes de pedírselo, comen­zan­­do por la vida misma y siguiendo por el don de su Hijo y de su Es­pí­­ritu. “De balde lo recibísteis, dadlo de balde”. Mateo 10, 8. 

Llorenç Tous