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28º DOMINGO ORDINARIO (B)

Notas sobre la radicalidad 

La fuerte y tajante respuesta de Jesús al joven rico, “vende lo que tienes, dale el dinero a los pobres”, no es tan dura como parece. Decisiones parecidas ocurren con relativa frecuencia y con relativa libertad por motivos diversos. Lo saben muchos padres, bastantes profesionales y otras personas obligadas por diversas circunstancias. En realidad toda causa noble que se viva con plenitud, conlleva decisiones radicales.

 

“Tendrás en Dios tu riqueza” 

Traducida así fielmente la respuesta de Jesús al joven rico, descubre las ventajas de la radicalidad. Es verdad que entre ellas bien se cuida Mar­cos de añadir ”con persecuciones”. La radicalidad siempre tiene un precio: crecemos interiormente y nos sentimos más libres, pero al mis­mo tiempo, por habernos declarado con firmeza, aparecen los que pien­san sobre lo mismo y lo ven al revés o con rebajas. 

Cuan­do la causa del conflicto es una mayor coherencia con la propia con­ciencia y una mayor fidelidad a la voz de Dios, escuchada con hu­mil­dad y pobreza, entonces no hay dineros ni valores de este mundo com­parables con las ganancias que se siguen. Sus nuevos valores com­pensan con creces las molestias o persecuciones que esta ra­di­ca­li­dad conlleva. 

La humildad y la búsqueda constante de la voluntad de Dios, ayudan a optar por una radicalidad humilde, sin otro mensaje que no sea evan­gélico. Nadie que haya superado este trance se erigirá en maes­tro de otros, pero al ver en ellos decisiones radicales y perseguidas, com­partirá la alegría, alabará a Dios y se confirmará en su camino. 

En el seguimiento de Jesús cabemos todos, también los cojos, los me­dianos, los pobres de talentos, los cansados, los equivocados, etc. La radicalidad no es de todos, pertenece de alguna manera a los pro­fe­tas o a los mensajes de talante profético; los necesitamos para afi­nar la dirección y la meta del camino, pero nos anima saber que “el Espíritu socorre nuestra debilidad… e intercede por nosotros con gemidos inarticulados”. Romanos 8,26. 

                                                                      Llorenç Tous