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22º DOMINGO ORDINARIO (B)

La anécdota que describe este pasaje le sirve a Jesús para re­su­mir su concepción de Dios, del hombre y de la relación entre ambos. Los judíos de su tiempo, guiados por la Ley de Moisés y la inter­pretación que con el tiempo se fue haciendo de ella, habían reducido su fe a prácticas externas, muy detalladas, sin vida ni coherencia in­te­rior.  Sin entrar en el corazón y sus actitudes, les bastaba limpiar sus manos, jarras y platos, junto con otros detalles, fechas, ayunos y ofren­das, para considerarse limpios y justos ante Dios.

Jesús les llama hipócritas y califica su culto de vacío; para Jesús su moral es una tradición humana al margen del mandamiento de Di­os. Jesús no se fija en las apariencias del hombre, sino en su inte­rior. En este pasaje cuatro veces pronuncia Jesús la palabra dentro co­mo sede del corazón, como la oficina donde se fraguan las deci­siones que luego se expresan en la actitud y en la moral de las obras.

Partiendo de esta concepción del hombre, Jesús nos salva lim­pián­donos desde dentro, transformándonos desde dentro y libe­rán­donos desde dentro.

Juan lo expresó simbólicamente en las bodas de Caná con­tra­po­niendo el agua de las purificaciones rituales de los judíos al vino cre­ado por Jesús, que cambia el clima del corazón. Juan 2, 1-11.

San Pablo dirá lo mismo hablando del la cascada del Espíritu San­to derramada en nuestros corazones como el amor de Dios.Romanos 5,5. La transformación de la mente, propia del hombre nuevo, como re­flejo del rostro de Cristo contemplado sin velo por obra del Espíritu, es otra imagen en la que el apóstol contrapone la mente embotada de los judíos con la mente liberada e iluminada del cristiano. 2 Co­rin­tios 3, 15-18.

La salvación merecida por Jesús que el Espíritu santo nos aplica en el bautismo, transforma la raíz de nuestro ser humano; por ella ad­quirimos algo de divino que nos constituye hijos de Dios, sin dejar de ser humanos. Como el almendro, por el injerto, produce ciruelas con la misma savia de su tronco, así nosotros, santificados por el Es­pí­ritu Santo derramado en nuestros corazones, somos constituidos en hi­jos de Dios y con capacidad de vivir como tales.

                               

Llorenç Tous