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19º DOMINGO ORDINARIO (B)

“¿No es este Jesús, el hijo de José?”

Nosotros como aquellos judíos, tenemos la misma dificultad a la hora de en­tender el misterio de las cosas de Dios. Estamos en la inmanencia de to­do lo humano, ¿cómo podremos subir a la trascendencia de lo di­vi­no? “Na­die puede venir a mí si el Padre no lo trae”. Pero ¿no habrá una apor­tación nuestra a esta ascensión para que el Padre pueda asu­mir­nos en la subida?

La fe es indispensable para entrar en las cosas de Dios; la fe es una ac­ti­­tud que al mismo tiempo que empeña en el intento toda su libertad y to­­da su energía, también se abandona a la confianza de tal manera, que has­ta acepta sinceramente lo que no tiene una explicación lógica o con­vin­­cente. El que tiene fe acepta y está convencido de la existencia de es­te otro mundo, otro ser y otro estar, distinto y superior del ser y el estar del hombre en este mundo. No niega la inteligencia, ni la razón, sino que acep­ta que más allá de la inteligencia y de la razón, continúa el camino ha­cia una realidad superior que en este evangelio se llama “pan vivo que ha bajado del cielo… mi carne para la vida del mundo”.

Bien se cuida este evangelista de no poner en boca de Jesús resucitado la palabra “soma” (cuerpo), porque en griego puede decirse también de un cuerpo muerto, sino que emplea la otra palabra, “sarx” (carne), que só­lo se aplica al cuerpo de un viviente.

Esta es la definición de la Eucaristía, una comida cuyos comensales se ali­mentan de la carne viva del Resucitado, del que por la resurrección tie­ne su corporeidad en estado de gloria, como es el estado de Dios en el cie­lo, y el estado de “los nuestros ya resucitados”. Superada la vul­ga­ri­dad mental y rastrera de los judíos oyentes de Jesús, o de los cristianos no creyentes, entramos en el misterio de Dios que es un paraiso celestial en medio de nuestro mundo.

La fe es un don de Dios, pero que todos de Él la recibimos al menos en ger­men. Lo primero es aceptar que existe en nosotros, no taparla, ni he­rir­la. Todos recibimos esta semilla con la vida que Él nos regala. Si tene­mos la dicha de que un testigo de Jesús nos la eduque, el Padre puede atraer­nos con fuerza y entrar en su casa como hijos. El Espíritu, el gran tes­tigo de Dios, al que Jesús encargó la misión de conducirnos a la ple­nitud de la verdad, trabaja intensamente y comparece con sus dones a to­do el que le busca.

 

Llorenç Tous