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20º DOMINGO ORDINARIO (B)

Este evangelista explica ampliamente lo que san Pablo había re­su­mi­do con estas palabras: “Vivir en Cristo”. Juan lo llama habitar en Él, tener vida eterna, vivir para siempre, resucitar. El que come y bebe en esta mesa recibe en su pequeñez humana la persona divina de Jesús resucitado. No razonemos inútilmente, no pre­guntemos, rindámonos con Tomás en adoración humilde, aver­gon­zados de sentirnos tan queridos, tan privilegiados.

Jesús resucitado ha bajado del cielo para abrir en nosotros una am­pliación de su estado vital con el Padre: “Yo vivo por el Padre, del mismo modo, el que come vivirá por mí”. Son palabras que me­recen ser escuchadas con el temblor de quien es consciente de al­go misterioso y real que supera toda humana capacidad, pero que nos excitan el deseo de una apertura total y una confianza sin límites pa­ra no perdernos su riqueza.

 “¡Oh válame Dios, y qué nonada son nuestros deseos para lle­gar a vuestras grandezas, Señor! ¡Qué bajos quedaríamos si con­forme a nuestro pedir fuese vuestro dar!”. Santa Teresa. Me­di­taciones sobre los Cantares. C. 5, nº 9.

“El que come mi carne y bebe mi sangre habita en mí y yo en él”

Jesús resucitado pasa a ser la residencia habitual de este co­men­sal de lo divino. Aquí es donde trabaja, descansa, crece y planifica. Des­­de aquí se establecen relaciones, se afrontan planes, se vive en fa­­mi­lia, se acogen amigos, se defiende de toda adversidad, se juega, se enferma, se canta, se sufre, se celebra y se muere en paz a su la­do para seguir con Él hasta el Padre.

Como un testamento ratifica para siempre la relación entre los pa­dres, los hijos y la herencia, aquí la sangre de Jesús, sacra­men­tal­mente recibida, ratifica como sello autentificador, nuestra relación pro­funda, verdadera y eterna con Dios. Por eso mismo vivimos con ale­gría, nada nos roba la esperanza y morimos en paz. “¿Quién nos apar­tará del amor de Cristo?... ni muerte, ni vida… ni presente ni futuro… ni criatura alguna”. Romanos 8, 35. 38-39.

 

Llorenç Tous