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18º DOMINGO ORDINARIO (B)

 “Somos lo que comemos”, nos dicen los médicos a la hora de medir nues­tro colesterol; a otro nivel superior, la medida de nuestra fe nos la da “el alimento que perdura dando vida eterna”. Estamos an­te el proceso de asimilar un alimento que Dios nos da: Jesús resu­ci­tado como “pan del cielo”.

 Con razón entendemos la eucaristía como signo sacramental que pro­duce lo que significa, el alimento recibido de Dios. Para la diges­tión de nuestras comidas, el estómago ha de estar sano. El apetito o la inapetencia son el indicativo de su salud. Sirva esta comparación pa­ra entender nuestro proceso espiritual, el que alimenta nuestra vi­da de fe y que Jesús describe así: “El que viene a mí no pasará ham­bre, y el que cree en mí no pasará nunca sed”. Para co­mul­gar provechosamente hay que tener hambre de Él, hay que buscarle con ganas.

 El cansancio después del trabajo estimula el apetito, como también la alegría de un encuentro entre amigos hace más apetitosa una bue­na comida. Algo parecido ocurre en el camino de la fe, el desgaste de los trabajos por el Evangelio, sean éxitos o fracasos, lo mismo que el com­partir la común fe que nos hace hermanos, son la mejor dis­po­si­ción para alimentarnos del “verdadero pan del cielo”.

 Este admirable sacramento nos levanta a la altura de Dios porque an­tes se bajó Él hasta nuestro suelo. Le miremos en lo alto o le reci­ba­mos en lo profundo, siempre estamos ante el misterio del que sólo la fe tiene la clave para acceder. Sin ella entraríamos en una me­cá­ni­ca despreciable, indigna de Dios y ofensiva. La fe, en cambio, nos su­mer­ge en adoración agradecida y en humildad ansiosa del encuentro. Fal­ta ser humildes para creer en la verdad de este encuentro con el Re­su­citado ante un signo tan auténtico, tan humano y tan de cada día, el pan, pero ¡qué pan! “Yo soy el pan de vida”.

 Es el pan que Jesús nos ofrece en su Iglesia, signo de  su vida, su muerte y su mensaje. Es su misma persona de resucitado

 En este sacramento el cielo baja a la tierra y deja en ella un clima ce­lestial para todos sus habitantes. Para los cansados, como Elías y pa­ra los probados, como Pablo, este alimento es vida nueva y for­ta­le­za; es medicina para los enfermos del alma y es el secreto para vivir con alegría a toda prueba.

 

Llorenç Tous