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11º DOMINGO ORDINARIO (B)

¿Por qué Mateo no incorpora en su evangelio esta parábola de la se­mi­lla que crece por si sola? Porque no quería evitar la responsable par­ticipación del labrador en su crecimiento.

Toda vida entraña un misterio desde su principio, sea la de un ani­mal, planta o persona; también nuestro planeta es un misterio desde sus orígenes. Misterio de energía, de características únicas, irre­pe­ti­bles que son expresión de la imaginación y del poder del Creador.

Contemplando esta parábola ante la situación de la fe cristiana y de la Iglesia Católica en el mundo, me detengo ante estas palabras de Je­sús: “él duerme de noche…la tierra va produciendo cosecha ella sola… primero… luego… después… ha llegado la siega”. Al fi­nal del proceso la semilla acaba transformándose en una nueva iden­tidad, de semilla a pan, de una a muchos, de planta a fermento, de muerte a vida.

Hoy no sabemos cómo proclamar la fe recibida de nuestros mayores en un contexto cultural totalmente diferente. Nuestro terreno per­so­nal ha sufrido un cambio profundo, que nos ha obligado a repensar la fe, buscar, dudar, estudiar, orar, sufrir y crecer; de lo contrario nos lle­gaba la muerte en el alma. El mundo universal se encuentra en un pro­ceso parecido; a este mundo somos enviados a ser testigos de una nueva evangelización. No sólo porque nos envía el Papa, sino por ab­­soluta necesidad si queremos sobrevivir como creyentes en el mun­­do de hoy.

En esta situación son un referente orientador las palabras de Jesús: “La semilla germina y va creciendo sin que él sepa cómo”. El cre­cimiento de una planta a veces necesita la poda; la mariposa es el be­llo final de la radical transformación de un gusano en el proceso de la misma vida.

Si nos conocemos por dentro y repasamos los hitos fundamentales del camino, desde la semilla hasta las sucesivas cosechas, sin olvidar las sorprendentes y dolorosas crisis de crecimiento, espero que sólo nos quede la alabanza agradecida y la humilde confesión de Tomás jun­to con la del buen ladrón: “¡Señor mío y Dios mío... acuérdate de mí…!”

 

“Es la semilla más pequeña, pero después, brota,
se hace más alta que las demás hortalizas”.

 

El sentido común, los años y sobre todo la fe, nos descubren la im­por­tancia y la misteriosa vida oculta en toda realidad. El que todavía no esté convencido, necesita abrir los ojos y fijarse en los detalles de su propia vida. Lo cierto es que nada puede calificarse de pequeño por­que en la trama de la vida, todo forma parte de una cadena, cuya his­toria forma un dibujo o un plan en el que un creyente descubre men­sajes, favores, procesos y frutos admirables.

Los creyentes entendemos el misterio de Dios oculto y humanizado ante nuestros ojos, porque así conseguía una relación a nuestra me­di­da. Cuando todavía no hemos descubierto esta verdad, todavía bus­ca­mos grandezas, exitos y renombres que alimenten nuestro orgullo. Los sabios de verdad son humildes, no necesitan falsas riquezas.

Cuando hemos descubierto el porqué de esta pequeñez de Dios entre no­sotros, nos brota su alabanza desde lo más hondo; se le ve por to­das partes, en todas las cosas, en cada momento. La vida es una experiencia de belleza, inmensamente rica y feliz.

Como le gusta a un niño que su padre le columpie o le apriete en sus bra­zos, así gusta el creyente de sentirse en Dios. Porque la medida de la verdad, no está en el número ni en el tamaño, sino en el amor. “Dios es amor”, el que esté cerca de él será también amor desde el ser y el obrar.

Como en la semilla, una vez crecida, anidan los pájaros cantores, así tam­bién entre los ciudadanos del Reino de Dios se escucha el canto del que vive feliz y contagia su alegría.

Concluyendo, nada hay en la vida que no sea importante. Toda rea­li­dad tiene sentido para un creyente. Dios está con nosotros irradiando vi­da, luz y sentido. Su cercanía nos le ha hecho visible a los ojos del co­razón iluminado por la fe. La historia está preñada de energía po­si­ti­va. Somos pequeños y de barro pero habitados por la misericordia y la gracia de Dios.

Ante el desmantelamiento de bases que se sufre en el mundo y en la Igle­sia, para la nueva evangelización nos da una luz el proceso de la se­milla esparcida a voleo por el testigo de Jesús. Es tiempo de sembrar, también pequeñas semillas, a voleo, por todas partes. “Yo plan­té, Apolo regó, pero era Dios quien hacía crecer.” 1 Co­rin­tios 3, 6.

Llorenç Tous