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4º DOMINGO DE PASCUA (B)

“Yo soy el buen Pastor, que conozco a las mías y las mías me co­nocen igual que el Padre me conoce y yo conozco al Padre”

   Este conocimiento mutuo entre las ovejas (nosotros) y el Pastor Je-sús, no es una información memorizada, sino la experiencia de un en­cuen­tro que creó convivencia y experiencia global. Tiene que ser así por­­que así es el conocimiento mutuo entre Jesús y su Padre, que Jesús presenta en paralelo.

   Será una verdad real esta dichosa relación con jesús resucitado, si el encuentro ha sido el comienzo de una amistad que con el trato une las dos personas en una unidad espiritual. Su resurrección y nues­tro bautismo hacen posible esta meta. Su resurrección nos ha her­­manado con Él y nuestro bautismo nos hizo hijos de su Padre. Has­­ta aquí la gran verdad formulada como contenido de nuestra fe.

   Para que este conocimiento mutuo pueda decirse paralelo al de Je­sús y su Padre, necesitamos algo más: vivir en Cristo como dice san Pablo. Jesús, su persona y su mensaje, pasan a ser el referente fun­damental de toda la vida. El sentido de la vida nos lo descubre la fe y nos la orienta hacia él y desde él. Toda la vida queda inundada de su luz; él es la clave que nos interpreta toda realidad día a día; Él es el recurso del que sacamos fuerza para afrontarlo todo con valor y es­peranza y “él es nuestra paz”. Efesios 2, 14. Dichoso el creyente que encamina a su lado la vida.”Será como un árbol plantado jun­to a acequias que da fruto en su sazón”. Salmo 1,3.

   Esta relación de amistad con Jesús resucitado, si se cautiva con la ora­ción, la eucaristía y el compromiso, cada vez es más real y pro­fun­da. Su meta es la misma de Jesús, el Reino de Dios. Su Espíritu nos ayu­da a actualizarlo convirtiéndonos a él en nuestro corazón; pero no só­lo en nuestro interior sino en los ambientes donde discurre día a día la vida de cada uno.

   La iluminación descubre al convertido los retos que la vida moderna plan­tea. El día a día es una palestra de crecimiento, le descubre nue­vos horizontes, exigencias y alegrías.

 

                                                                                             Llorenç Tous

 

“Las ovejas oyen su voz, él llama a las suyas por su nombre y las saca”.
  Juan 10,3.

“Habéis vuelto al pastor y guardián de vuestras almas”.   
  2ª Pedro, 2,25.


                         ”El Señor es mi pastor”. Salmo 22

 

   Este salmo supone una cultura nómada. Las tribus nómadas están formadas por unas familias que viven en constante trashumancia, a merced de las exi­gencias de sus ganados (alimento y bebida) y consecuentemente de las estaciones del año. Su contorno exterior cambia constantemente, el paisaje, la hierba, los pe­ligros. To­do se tiene de paso; su subsistencia depende del pastor y de la uni­dad de la tri­bu en torno a él.

   Toda su economía se centra en sus ganados. El pastor es el factor clave para to­dos los miembros, personas y animales. Éste, ha de conocer las necesidades de to­dos y dónde encontrar los recursos adaptados a tales necesidades. Según sea el conocimiento que el pastor tenga de las fuentes, los valles y los pasos en­tre mon­tañas, así será la prosperidad de toda la tribu.

   La vida de los nómadas carece de comodidades. Se vive muy pendientes de la na­­­tu­raleza y siempre en contacto con ella. No se puede programar a largo plazo por­­que una cierta interinidad lo envuelve todo.

   El salmista traspasa a Dios la imagen del pastor y se identifica con una de sus ove­­jas e intenta expresar su relación personal con Dios sirviéndose de esta ima­gen. “Tu caminas conmigo”.

  

Desde esta presencia han de entenderse todas las sugerentes imá­genes:

* El de­sierto o el camino en general.         
* El cansancio y el alimento en un oasis.   
* Sen­deros estrechos o peligrosos.           
* Rutas conocidas del pastor que las ovejas si­guen confiadas.         
* Riesgos y serios peligros, tal vez mortales, por ataques de fe­roces                        ene­migos.
* “El valle de la muerte”, la llanura de Estrellón, campo de batalla                   tan temido por los grandes ejércitos de infantería y de caballería                 de la antigüedad. 
* Noches en las que la orientación se recibe escuchando unas         pisadas o el golpe del cayado.   
* La tranquilidad que dan los pasos co­no­cidos del pastor.    
* El sol, el calor, la monotonía, todo cambia con la pre­sen­cia del       pastor.
* Las roderas o huellas marcadas por los carros. El pastor co­no­ce el            camino, las necesidades y los recursos, por eso se puede confiar en él.   
* El encuentro del caminante con el que le recibe en su tienda como hués­ped; sobre una piel como mesa, sentados en el suelo, a la      sombra de la tien­da, con una “largo” vaso de bebida, se inicia la           conversación sin prisas en la que se comparte el camino. Como en           Emaús.

* La hospitalidad de los be­duinos del desierto.

* Descanso y relax a base de masajes con aceite o grasa. **

   El uso tradicional de este salmo le ha ido cargando de una densa riqueza al ser proclamado en tantas celebraciones litúrgicas, precisamente porque Je­sús se definió a sí mismo como el Buen Pastor.

   En el proceso que es toda vida desde la fe adulta, se avanza por la con­fian­za en el que se define también como el camino. La confianza en Él trans­forma el sentido de la ruta y la manera de entender las etapas del recorrido. Siempre hay signos de su presencia a nuestro lado, aunque a veces no se ven, pero se sienten, como en la noche. Los oasis de consuelos al­ter­nan con valles peligrosos. Otros avanzaron por los mismos senderos y de­jaron “roderas” de sus carros que ahora nos sirven de referentes.

   La meta que nos prepara para la etapa siguiente, ya que el camino nunca se acaba, es el banquete de la eucaristía. Lo preside el Resucitado que se nos da a sí mismo como alimento; su presencia consuela y estimula al pe­re­grino de la fe. El diálogo permite compulsar toda la realidad, comen­társela y verla desde su perspectiva.