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3º DOMINGO DE PASCUA (B)

Las cosas de Dios superan nuestra capacidad, de ahí el rechazo que a ve­ces sentimos ante lo desconocido; nos resistimos a creer tanta gran­deza y surgen nuestros mecanismos de defensa con sorpresa, mie­dos i locas imaginaciones. Así reaccionaron los discípulos ante la nue­­va presencia de Jesús resucitado en medio de ellos. “Llenos de mie­do por la sorpresa, creían ver un fantasma”.

Nuestra aportación al proceso de un encuentro con el Señor consiste en confiar, hasta ante lo aparentemente imposible o absolutamente nue­­­vo. La confianza da la serenidad y la paz que permiten mantener la puerta abierta a las sorpresas de Dios.

La confianza es el comienzo de la fe, lo que falta para el encuentro per­sonal con Dios es obra y gracia del Espíritu Santo. ”Les abrió el en­­tendimiento para comprender las Escrituras”. Será la con­tem­pla­­ción de la Palabra la que nos hará avanzar hacia aquel encuentro con Dios cuya plenitud no alcanzaremos hasta después de la muerte. Mien­­tras nos acercamos a ella, vamos madurando y creciendo en la paz y la alegría. “No acababan de creer por la alegría, y seguían ató­­nitos”. Son los dos fundamentos del testigo de Dios que pro­vo­can el contagio fecundo. Pedro lo decía con estas palabras: “Arre­pen­tíos y convertíos, para que se borren vuestros pecados”.

El testigo sufre la oposición de algunos, lo cual le fortalece y le con­fir­ma. La persecución provoca humildad y confianza, es el sufrimiento por la verdad lo que reduce la apariencia y fecundiza las semillas del tes­­tigo. Toda cruz es fecunda.

Lo más importante de este evangelio es algo que no queda escrito con palabras. Jesús se presenta con amor a los que en Getsemaní, cuan­do le prendieron para condenarle y matarle, todos le aban­do­na­ron. Jesús no lo menciona. Acude ahora a llenarles de paz, de perdón y de fortaleza. Serán hombres nuevos, predicaran el evangelio al mun­do entero, hasta padecer martirio todos ellos.

Llorenç Tous