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4º DOMINGO DE CUARESMA (B)

 

Vamos con espíritu de fe a la puerta del Templo de Jerusalén a contemplar la es­ce­na: “al pasar Jesús vió a un hombre ciego de nacimiento”. Los que no conocen a Jesús preguntan: ­–”¿Quién pecó: éste o sus padres?”. Cuando no co­no­cemos a Di­os, creemos que castiga nuestros pecados. Jesús en cambio, pro­clama que en el mal “se manifiestan la obras de Dios”.

La sorpendente novedad de Jesús: “Hizo barro con la saliva, se lo untó en los ojos al ciego, y le dijo: –Ve a lavarte a la piscina de Siloé”. La liberación des­es­tabiliza anteriores seguridades, crea problemas, rupturas e intemperies; es el pre­­cio de todo crecimiento. Unos se detienen o retroceden, otros confían y alcan­zan la felicidad del liberado. “Él fue, se lavó y volvió con vista”.

Las aguas de Siloé (que significa “enviado”, un nombre de Jesús), son como las del bautismo, mejor dicho, las anuncian y las significan.

El Bautismo supone y da la iluminación de la fe, o sea, nuestro proceso hacia la sa­­bi­duría, el camino de perfección cuya meta es aquel que acaba de decir: “Yo soy la luz el mundo”. El mismo al que decimos con el salmista: “El Señor es mi luz y mi salvación, ¿a quién temeré? Salmo 26, 1.

Bajando de Slioé, el exciego se vuelve a la ciudad que ahora ve con la luz que es Je­sús; sus nubes, calles empedradas, caras de vecinos, niños, gritos y vida en ac­ción, todo lo que antes percibía confuso, ahora tiene su puesto en el conjunto, con nombre y oficio. El cambio radical habla de Jesús, principio de luz salvadora. Aquell maravilloso estreno de la luz le impide ahondar en su fuente. “Le pre­gun­ta­ron: ¿Dónde está él? Contestó: –No sé”.

Le verá directamente, en frente, cuando hayan pasado las divisiones, el miedo de sus padres, el orgullo ofendido de los fariseos y la ignorancia del pueblo. El exciego se mantuvo firme y solo en medio de la persecución. Su coherencia me­reció el encuentro final: “Jesús lo encontró y le dijo: –¿Crees tú en el Hijo del hom­bre?...  –Creo, Señor. Y se postró ante él”.

La adoración nos derriba gozosamente ante Dios; es nuestra respuesta espon­tánea y necesaria. De rodillas y en silencio se dice todo. Es el sello de la auten­ti­ci­dad. En la adoración aceptamos que se cumpla la voluntad de Dios. “La fidelidad y la paz se besan”. Salmo 84,11.

Del templo de Jerusalén a la piscina de Siloé van los que se atreven a confiar en Jesús, seguir sus pasos y comenzar un éxodo. El vino nuevo de Jesús necesita otro paradigma de vida, lo viejo cederá el paso a otra revelación de Dios, a otro sentido de la vida en el que abunda la paz verdadera, el amor y la alegría contagiosa junto con dificultades y persecuciones.

Llorenç Tous