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2º DOMINGO DE CUARESMA (B)

“Subió con ellos solos a una montaña alta
 y se transfiguró delante de ellos”

Para fortalecerles su fe ante la futura prueba de su pasión y muerte, Jesús mostró an­ti­cipadamente a algunos de los suyos su gloria de Resucitado. La meta de la Cua­resma es nuestra participación en esta resurrección de Jesús, iniciada en nues­tro bautismo y profundizada a lo largo de toda la vida. San Pablo nos dirá el día de Pascua: “Ya que habéis resucitado con Cristo, buscad los bienes de allá arriba”.

De nuestro resucitar con Jesús nos dice san Pablo: “Nosotros todos, reflejando con el rostro descubierto la gloria del Señor, nos vamos transformando a su imagen con esplendor creciente, como bajo la acción del Espíritu del Se­ñor”. 2 Corintios 3, 18.

La acción del Espíritu en nosotros es segura y generosa, pero necesita nuestra co­la­boración. Como el sol es principio de vida y crecimiento para cuantos reciben su luz y su calor, también Jesús Resucitado es principio de vida nueva para todo el que cree en él. Creer es caminar tras sus huellas y detenerse a contemplar su glo­ria; es imitarle asumiendo sus valores y su proyecto de vida junto a los pobres. Es ca­llar en su presencia en rendida adoración.

Compromiso y oración en silencio son las dos fuerzas de crecimiento. “Camine en presencia de Dios a la luz de la vida”. Salmo 55, 14. “Contempladlo y que­­daréis radiantes”. Salmo 33, 6.

Sumidos en la corteza que aprisiona la humana pequeñez, necesitamos trascender lo humano, dejándonos iluminar por el Espíritu. Él doblega lo rígido y calienta lo frí­gido. Estamos en un proceso de maduración del que los años son escuela de sa­bi­duría; los dolores, un tiempo para discernir; los pecados, lugar de encuentro con el Padre; las sorpresas de Dios, testimonio de su fidelidad.

Llorenç Tous