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LA SAGRADA FAMILIA (B)

“Volvieron a Galilea, a la ciudad de Nazaret” 

La infancia, la adolescencia y la juventud de Jesús transcurrieron en su pueblo de Nazaret. Este pueblo le dio amigos y vecinos concretos; aquí aprendió su len­gua materna, el arameo. La sinagoga fue su escuela primaria y su cate­que­sis; en ella celebró su fe judía con sus padres y vecinos. En este rincón del mun­do vivió Jesús los primeros treinta años de su vida. “Cuando Jesús em­pe­zó su ministerio tenía treinta años”. Lucas 3, 23. 

Al predicar al pueblo, sus palabras citarán con frecuencia escenas, situaciones, nom­bres y cosas aprendidas en Nazaret, como sementera y cosechas, árboles, pá­ja­ros y flores, ganado con su pastor, objetos caseros, monedas, etc., todo lo que constituye el aprendizaje de lo elemental en la vida. En Nazaret tuvo Jesús sus primeros descubrimientos concretos sobre lo bueno y lo malo. En Nazaret sus padres le hablaron de Dios. 

Necesitamos bajar hasta el fondo de esta normal y rica realidad que el evangelio de hoy resume con estas palabras: ”El niño iba creciendo y ro­bus­teciéndose”. En ellas se concentra el misterio de la Encarnación. “Dios con nosotros”. Desde la fe lo confesamos, lo agradecemos y alabamos a Dios. 

Nuestra fe no tendría base creíble si de Jesús nos quedásemos sólo con la teo­lo­gía de su infancia que los evangelistas describen bajo la luz de Pascua, no des­de la realidad histórica que es anterior. 

Nuestra infancia y juventud, más o menos afortunadas, forman parte de un rio de vida y de historia, en el que entró Jesús desde Nazaret como uno más de los mortales. El proceso de la salvación que Jesús inició en Nazaret, avanzará has­ta que la fe de la Iglesia pondrá en su boca estas palabras: “Yo soy el buen pastor… Yo soy la resurrección y la vida… Yo soy el camino, la ver­dad y la vida”. Juan 10, 11, 11,25, 14,6. De este misterio y proceso la Ma­dre de Jesús es también de algún modo protagonista. Que ella ayude a to­das las familias a seguir su ejemplo.

 

                 Llorenç Tous