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JESUCRISTO, REY DEL UNIVERSO (A)

Más que por su regia solemnidad, este evangelio es un digno fi­nal del Año Litúrgico porque resume lo fundamental del Reino de Dios. Para entrar en él aquí está resumido el examen que hay que superar.

“Estuve en la cárcel y vinisteis a verme”

Son unos privilegiados los que siguen de cerca a los presos y mar­­ginados, como lo fue Simón de Cirene ayudando a Jesús a lle­­­var la cruz hacia el Calvario. Es el privilegio de todos los que com­­­parten la cruz de “éstos mis humildes hermanos”, así les califica Jesús.

Todos ellos pertenecen al Reino de Dios por expresa voluntad de su fundador. Con Él lo estrenó el piadoso ladrón al que perdonó Je­­sús desde la misma cruz: “Hoy estarás conmigo en el pa­raíso”.

Este Reino tiene por Constitución la misericordia. Su justicia no es la humana, sino la de Dios que se ajusta a su única ley, el Amor. En una prisión, junto a un enfermo agonizando solo, con un emigrante sin trabajo, ante un padre en paro que se suicida, al recibir a una patera que llegue más vacía a tierra firme, etc., son situaciones que gritan justicia y amor. Desde ellas sus­pi­ra­mos por un cielo nuevo y una tierra nueva donde habite la jus­ticia.

Gestos como el del Papa Francisco dedicando su primer viaje a Lam­­pedusa, dan esperanza, piden seguidores y ayudan a cam­biar este mundo tan  injusto. Gracias a estos profetas todos po­de­­mos descubrir el rostro apenado del Padre  y abrir los ojos y el corazón. “Cada vez que no lo hicisteis con uno de éstos, los humildes, tampoco lo hicisteis conmigo.

       

Llorenç Tous