Tornar al llistat

30º DOMINGO ORDINARIO (A)

“¿Cuál es el mandamiento principal de la Ley?

Esta es una pregunta fundamental que a su manera todo ser humano se for­mu­la. Intentemos desmenuzarla aplicándola a nuestro contexto. ¿Qué es lo más importante de la religión católica? ¿Dónde está el meollo de la fe? ¿Ir a mi­sa, frecuentar la parroquia, escuchar a los curas, obedecer al Papa?

En el llamado “atrio de los gentiles”, donde se prepara la fe que aún no se tie­ne, la misma pregunta se diría más o menos así: ¿Qué es lo más importante pa­ra todo ser humano y para mí? ¿Dónde está el bien y qué es el bien? ¿Dón­de está el sentido de la vida y de mi vida?

No hace falta ser muy religioso para descubrir que el amor tiene gran im­por­tan­cia a la hora de buscar respuestas a todos estos interrogantes. Basta haber lle­gado a cierta madurez en la experiencia de la vida.

Después de turbulencias, repetidas crisis y dudas perennes, se entra en otra eta­pa más sencilla y simple que nos descubre un porqué fundamental, por qué estamos en la vida y a qué meta aspiramos llegar. La experiencia de los años nos lleva a reclamar nuestro derecho a la serenidad y la paz interior.

Preguntaron al famoso siquiatra López Ibor que diera una receta para al­can­zar la salud síquica y la armonía interior. Respondió con estas palabras: Los diez mandamientos. En el evangelio de hoy Jesús nos los resume en uno solo.

“Amarás al Señor tu Dios… amarás al prójimo”

Un camino directo que nos conduce hasta Dios, comienza junto a los más po­bres. Los sufrimientos, miserias e injusticias que padecen en medio de nues­tra sociedad del progreso y bienestar, son a veces tan atroces e insuperables, que nos sacan de quicio. Admirados e impotentes, al descubrir la pro­fun­di­dad de su desgracia y dolor, al mismo tiempo que su capacidad de sufrir, se nos conmueven anteriores cimientos de seguridad, aparecen otros horizontes, exi­gencias inéditas, recursos y posibilidades distintas. Perdemos la tran­qui­li­dad que era pacífica posesión y brota en nosotros con energía el amor con obras, fracasos y luchas.

La fe en tales circunstancias nos dice lo mismo que Jesús a los suyos en medio del temporal: “¡Ánimo!, soy yo, no temáis”. Cuando se consigue vivir desde la fe estas convulsas circunstancias, podemos pedir al Espíritu santo el don del amor. El amor a Dios y el amor al prójimo formando unidad, sin temor a du­das.

Son muchas las personas de buena voluntad, comprometidas con tantos difí­ci­les problemas sociales, que desde los pobres reciben otro sentido de la vida, más cercana al seguimiento de Jesús. Ojalá todas encuentren un compañero de viaje que les descubra cuan cerca están de Dios Padre. Ojalá también esta nue­va luz no les haga sentirse lejos de la Iglesia. Además del don del amor ne­cesitarán el de sabiduría y el de fortaleza. El Espíritu no se hace de rogar.

 

Llorenç Tous