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28º DOMINGO ORDINARIO (A)

“La boda está preparada, pero los convidados no se la merecían”

La parábola de hoy trata un tema muy actual: la inapetencia religiosa al me­nos aparente. Es un hecho entre nosotros la disminución de la asistencia a mi­sa los domingos y la disminución de las vocaciones religiosas. Pocos son los jó­ve­nes que muestren un interés por la Iglesia y sus convocatorias. Surgen pe­que­ños grupos que pueden ser fermento positivo en un futuro, pero tam­bién hay grupos de jóvenes radicalizados en peligrosas ideas y prácticas ne­fas­tas.

La inapetencia religiosa no se curará fácilmente cuando la oferta no es ape­tecible para la sensibilidad actual. Tal vez porque el que la ofrece no conoce su buen sabor ni invita a probarla. Si el paladar del oyente ha perdido sen­si­bi­lidad, es inútil la oferta, antes habrá que educarle el gusto. ¿Cómo?

El que ofrece un buen vino sólo convencerá a probarlo, si él está convencido de su exquisito sabor. Los profetas, poseídos de Dios, pueden devolver la fe en Dios al mundo hundido en el materialismo. Los santos, testigos de Dios en­tre los hombres, provocan un proceso hacia la fe y el amor. Seguirles des­pués es una respuesta que depende de la libertad de cada uno.

Los grandes impactos de la vida de los que nadie se exime, destapan nuestra pe­queñez y pueden ayudar a buscar a Dios. En el desierto, lejos de la ciudad con­taminada y de sus ruidos y prisas, se contemplan mejor las estrellas.

 

“La sala del banquete se llenó de comensales”

También esta frase de la parábola es de una gran actualidad. En general se va­cían las iglesias, pero “la sala del banquete” está llena, repleta de malos y bue­nos, como cuando Jesús comía con pobres y ricos.

Más allá de ritos religiosos, en la mesa de la vida real de cada día, el Espíritu san­to está realizando maravillas como en los principios de la Iglesia. Rompe es­quemas y supera fronteras, entra en lo profundo del corazón, allí tiene pa­cien­cia de madre, sorprende, perdona y salva.

Para ver esta obra divina hay que poderse asomar con fe al fondo del co­ra­zón. Allí conocemos la huella de Dios, la que nos muestra la verdad de la his­to­ria actual. Esta realidad nos confirma en el amor que Dios nos tiene y en la es­peranza. Viendo su obra, se nos llena el alma de ganas de dar a conocer su sal­vación.

“Llegó una viuda pobre y echó dos cuartos… Os aseguro que esa pobre viu­da ha echado en el cepillo más que todos los otros”. Marcos 12, 42-43. ¿Pu­dieron enterarse de aquel gesto los sacerdotes del templo de Jerusalén, cuan­do contaron las grandes limosnas, que luego invertían añadiendo raci­mos de oro macizo a la fachada del templo? El Espíritu santo mueve los cora­zo­nes hacia otros horizontes.

Ante nuestra cerrazón, construida a veces con puertas sagradas que cierran el pa­so a la gente sencilla, el rey de la parábola de hoy, que es Dios mismo, am­plía su proyecto salvador y lo abre a muchos más de los que nosotros ha­bía­mos programado. “Reunieron a todos los que encontraron, malos y bue­nos”.

Llorenç Tous