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27º DOMINGO ORDINARIO (A)

“Le empujaron fuera de  la viña y le mataron”

Esta parábola de los viñadores homicidas en su evidente claridad, des­cri­be profundamente la causa de la muerte de Jesús en cruz y al mismo tiem­po es el diagnóstico de nuestra actual sociedad, idólatra del dios dinero.

Esta parábola demuestra la valentía de Jesús, consciente de la muerte que le es­peraba, al echar en cara a los sacerdotes del templo y a los miembros del Sa­ne­drín su rechazo y su ingratitud.

El fracaso de su predicación ante los poderosos del pueblo escogido por Dios desde siglos, era un misterio para los primeros cristianos, pues suponía el fracaso de Dios sobre su pueblo elegido.—

Indirectamente habla del respeto de Dios a la libertad del hombre y de los pueblos. Es otro aspecto de la libertad humana que san Pablo lamenta sin­ce­ramente: “Siento una pena muy grande, un dolor incesante en el alma: yo por mis hermanos, los de mi linaje”. Romanos 9,2.

También hoy es difícil entender los pecados de los elegidos de Dios y los pecados de la Iglesia. Pedro, el que juró desconocer a Jesús,  Marcos 14, 71, re­cibió  la misión de confirmar en la fe a los hermanos, así lo hizo y lo sigue ha­ciendo en la persona del Papa. Lucas 22, 32.

Pedro se cruzó con a mirada de Jesús que subía a juicio y lloró amar­ga­men­te su pecado. Judas también traicionó a Jesús pero le remató en su peca­do el rechazo de los sacerdotes del templo; al devolverles las monedas y con­fe­sar públicamente su pecado, aquellos le rechazaron, porque sólo les inte­re­sa­ba recuperar el dinero.

Al ver la magnitud de nuestros pecados y la grandeza del amor de Je­sús, nuestras miserables debilidades y pecados, una vez perdonados, cobran un sentido de esperanza.

Así como con la mezcla de tierra y agua  el alfarero da forma a una be­lla vasija, así también la gracia de Dios transforma el pecado en salvación y la li­ber­tad humana en conversión a Él.

Nuestros pecados nos abruman, nuestras equivocaciones, tantas, nos hu­millan, los pecados de la Iglesia son muy lamentables, pero por la fe, des­cu­brimos cómo Dios con su gracia asienta su Espíritu en vasos de barro, 2 Co­rin­tios 4, 7, desde los que difunde en el mundo el suave olor de Cristo, 2 Co­rin­tios 2,15.

¿Por qué los religiosos del judaísmo rechazaron a Jesús e hicieron fra­ca­sar el plan de Dios sobre Israel? Porque los religiosos judíos no quisieron  per­der seguridad, prestigio, poder, bienestar económico, etc. Les faltó valor pa­ra aceptar la novedad sobre Dios que Jesús predicaba.

El mismo proceso continúa en cada creyente, por no decir en todas las ins­tituciones religiosas. La seguridad tiene ventajas, da comodidad, evita so­le­dades y retos difíciles, conduce al prestigio y da poder. En cambio la vida si­gue, exige cambios y valor. Dios habla en  la historia, plantea novedades y exi­ge respuesta.

La avaricia y el afán de poder siguen matando a millones de seres hu­ma­nos. El negocio de la fabricación de armas, las guerras, el afán de dominio so­bre otros pueblos, aliados con el hambre y la destrucción siguen causando te­rri­bles muertes en toda la tierra. La sangre de Abel sigue clamando y el Pa­dre nos pregunta:”¿Dónde está tu hermano?”.

Según san Pablo el  pecado de los judíos fue salvación para los pa­ga­nos. Cuando se redactaba este evangelio en  la pequeñas comunidades cris­tia­nas entraban los “pobres paganos”, despreciados por los “sabios judíos”. “Los últimos serán primeros”. Ojalá se repita hoy cuando el papa Francisco nos envía a las periferias de la sociedad y los pobres sean de verdad acogidos en nuestras comunidades.

Llorenç Tous