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25º DOMINGO ORDINARIO (A)

En la parábola de hoy, el amo de la viña da el mismo jornal, un denario, a to­dos los obreros, aunque no han trabajado las mismas horas. Dios no necesita la rentabilidad de los hombres. Egoísmo en Dios sería si, creándonos, buscase ga­­nan­cia o rentabilidad. Su infinita plenitud no lo consiente; no tiene otro fin po­sible que dar salida a su bondad y colmar con ella toda a todos los hom­bres. 

“Id también vosotros a mi viña”

Al pagar con un denario a todos los obreros, tanto a los que trabajaron una ho­ra como a los de toda la jornada, Dios no busca rentabilidad, no necesita nues­tro trabajo, sólo quiere que todos participen del honor y el gozo de tra­ba­jar en su reino. 

“¿Vas a tener tu envidia?

Esta parábola rompe los esquemas fariseos de los que pretenden sentar a Dios en una mesa de negociaciones, como si pudiesen comprar el cielo con sus buenas obras, naturalmente evitando así el castigo de Dios concebido co­mo un riguroso administrador de sus bienes.

El Dios de la parábola, tan sorprendente y generoso, tan desinteresado en ga­nan­cias, nos muestra sus entrañas de misericordia. Indirectamente nos ayuda a superar nuestro perfeccionismo cuando es fruto del orgullo, pues los últimos son iguales a los primeros. Dios nos quiere igual a todos.

“Al amanecer… a media mañana… hacia mediodía… a media tarde… al caer la tarde”.

Según la parábola Dios llama a todas horas, todos tenemos trabajo en su rei­no. La vocación es una manera de entender la vida que, siendo un don de Dios, vea cada uno cómo quiere corresponder al amor recibido. Cuando he­mos acertado en la decisión elegida, la satisfacción, acompañada de sacri­fi­cios y dudas, acaba en felicidad propia y servicio gratuito de otros. 

La viña es el reino de Dios

Dos son, hoy día, los grandes proyectos del Reino de Dios: los pobres y la es­pi­ritualidad. La injusticia estructural del mundo a causa de la idolatría del di­ne­ro, hace estragos entre tantos millones de pobres que sufren su opresión; el ham­bre, paro, muertes, destrucción, enfermedades, dolor y sufrimientos de to­da clase, etc. son gritos que reclaman justicia, compasión y amor. 

El otro campo está en la dimensión espiritual de toda persona. La increencia creciente ahoga la fe y cierra el horizonte de muchos sólo en lo material. La sed de espíritu no se alimenta, los sucedáneos no calman la sed de Dios y una sociedad o una persona sin padre vive triste y desquiciada. 

El Amo de la viña nos llama al lado de los pobres, en las periferias de mundo, a compartir sus calvarios y luchar por sus derechos.

De muchas maneras piden nuestros hermanos que les hablemos de Dios, de cómo creer hoy, de Jesús resucitado y de su evangelio, pero de tal manera que les contagiemos nuestra manera de vivir la fe y el seguimiento de Jesús.                                                                                       

Llorenç Tous