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23º DOMINGO ORDINARIO (A)

“A nadie debáis nada más que amor” 

San Pablo en la primera parte de su vida fue un celoso fariseo; su moral, con el fin de regular legalmente todos los aspectos y momentos de la vida, cifraba to­da la justicia en la obediencia en cada momento de la vida a lo que la Ley te­nía mandado. La Ley detallaba siempre la conducta a seguir, de tal manera que el pueblo sencillo ignoraba gran parte de esta minuciosa Ley. 

Pablo, una vez convertido a Jesús, conoce y proclama la profunda unidad de la vida según a ley del Espíritu: “A nadie debáis nada más que amor”… “Cuantos se dejan llevar del Espíritu de Dios son hijos de Dios”. Romanos 8,14. Pablo desde su experiencia de convertido a Jesús, experimenta su nueva iden­tidad de hijo de Dios. Antes, era un esclavo de la Ley que desde fuera im­ponía la conducta a seguir en cada caso. Ahora, recibida su nueva iden­ti­dad de hijo, se deja llevar de su gozosa libertad en el amor, como un natural mo­vi­miento interior; no por una exigencia externa que le obliga a cumplir, si­no por la atracción del bien, sentida como una gozosa necesidad. 

La ley del Espíritu no impone, sino facilita el camino, lo mismo que un de­por­tista no sufre por las exigencias de su afición, sino que las cumple gus­to­sa­mente.

La Ley de Moisés, al no ayudar al cambio interior de la persona, era una car­ga como todos los códigos de ‘circulación’. San Pedro la definió así en el Con­ci­lio de Jerusalén: “Un yugo que ni nuestros padres ni nosotros hemos sido ca­pa­ces de soportar.” Hechos 15, 10. La ley del Espíritu facilita el natural de­seo de los hijos de cuidar con desvelo la herencia del Padre. 

“Que por la fe Cristo resida en vuestro corazón”. Efesios 3, 17. Aquí está la fuen­te del amor que hemos de dar siempre y en todo. Este centro interior, ha­bi­tado por Jesús resucitado, es donde el Espíritu santo va forjándonos a ima­gen del Señor; éste es el principio unificador del convertido. Su obra hacia den­tro transforma nuestra personalidad en cristiano, mientras su actividad ha­cia fuera, fortalece nuestro testimonio y le da eficacia según sus planes.

Esta presencia de Jesús resucitado en nosotros nos enriquece con un tesoro: el de saber que el Padre, no satisfecho con regalarnos la vida, ha querido sal­varnos incorporándonos a su familia propia, la que llamamos Trinidad. Por el Hijo somos hijos. Jesús, camino hacia el Padre, nos asume como hermanos. Es­ta riqueza interior da frutos de alegría, perdón, esperanza, entusiasmo, con­suelo, paz, etc.  Se cumple la petición del salmista: “Que nos saciemos de los bienes de tu casa”. Salmo 64, 5. 

Cambia el egoísmo en servicio, las debilidades en humildad y gratitud, la po­ca fe en ardor apostólico, la mediocridad en generosa alegría. De este interior ha­bi­tado divinamente puede decirse: “La acequia de Dios va llena de agua”. Sal­mo 64, 10. Quien avance en este proceso, dejándose trabajar por el Espíritu, cum­plirá sin esfuerzo la meta propuesta hoy por san Pablo: “A nadie debáis na­­da más que amor”. 

Llorenç Tous